Tuesday, September 11, 2018

El barco como metáfora del último viaje en Hospital (2006) de Pablo Guevara[1]


Preludio necesario

Leí Hospital[2] de Pablo Guevara en circunstancias parecidas a las que vivió el autor cuando escribió los poemas de este libro, salvo que en vez de estar acostado en una cama de hospital -con la certeza de que la muerte apagará pronto los motores trashumantes del navío de la existencia[3]-, me encontraba sentado junto a mi esposa, cabizbajo, en la espeleológica sala de un hospital cualquiera, tratando de asimilar la reciente noticia de que el abdomen de mi pequeña hija sería abierto para desatar sus breves intestinos que se habían anudado en su intento por digerir el mundo. Y ella era mi mundo, y Hospital, el libro que tenía en la maleta como emotiva compañía para soportar la espera interminable de exámenes clínicos, químicos y espirituales. Entonces el hospital descrito por Guevara apareció con toda su crudeza de caverna, poblada por animales y seres primitivos en constante lucha por la vida y por la muerte. La batalla ancestral entre el Eros y el Tanatos sobre las aguas trasatlánticas de la agonía. A pesar de los matices claroscuros de sus versos, propios de las escenas expresionistas del cine alemán, Guevara pertenece al grupo de los poetas luminosos, pues aun sintiéndose morir, fue capaz de sacar de sus entrañas urgentes formas expresivas que ofrecían vida más allá de las palabras. Y en este hospital, Pablo se convirtió en un admirado trasatlántico en su viaje final; yo, apenas, en una barca que quería rescatar a su hija de las oscuras aguas de Aqueronte.

La poesía de Guevara siempre fue reveladora. Gran admirador de la poesía inglesa, Pablo bebió la libertad y la fuerza expresiva de poetas como Ezra Pound, tan presente como intertexto en sus poemas. Y esto se nota desde sus primeros libros; por ejemplo en Retorno a la creatura (1957), libro donde “Mi padre un zapatero”[4] se convirtió en un texto que, a pesar de su marcado lirismo, abría las puertas para la experimentación formal e intuitiva. Pablo Guevara “descreía del anquilosamiento intelectual y de las modas académicas. Buscaba siempre que asomara el fantasma de la intuición, ese humus creativo que alimenta la auténtica literatura” (Fernández, 2007). Esa búsqueda constante de nuevas formas de expresión se evidencia también en sus libros Los habitantes (1963), Crónicas contra los bribones (1965) y Hotel del Cuzco (1971). Tuvieron que pasar veintisiete años para que su búsqueda de nuevas formas de versificar llegara a convertirse en un texto completamente desconcertante: Un iceberg llamado poesía (1968). Esta fue la obra ganadora de la VIII Bienal de Poesía Premio Copé, el premio lírico más importante del Perú. Este libro, sin embargo, no es insular, pues forma parte de La colisión (Ópera marítima en 5 actos) donde los otros cuatro libros[5] son una muestra de la genialidad experimental de Guevara, pues emplea diversas referencias intertextuales, para crear, finalmente, el hipertexto que propone una poética constante de innovación[6]. Digámoslo así, en La colisión, Guevara deja de lado el lirismo y adopta una voz verdaderamente épica para poetizar efemérides tan disímiles como el hundimiento del Titanic frente a las costas de Terranova o las matanzas de campesinos en manos del ejército, en plena época de violencia terrorista en nuestro país. En su artículo titulado “Pablo Guevara en una de las ciudades más crueles de la tierra”, Carlos López Degregori manifiesta que La colisión

[…] persigue la creación de un poema imposible que desvanezca los límites entre los signos y sus referentes, y en el que el texto termine siendo la totalidad vertiginosa y contradictoria del Perú. Así, la falta de límites, el aparente descuido, el crecimiento textual a la manera de metástasis, el tono crispado e incluso agresivo de su lenguaje, la escritura aluvional, deben verse como un acto consciente que pretende fundar una nueva retórica. (2007, 143)


En La colisión llama la atención la alegoría del barco que Guevara logra construir como representación de la sociedad con todos sus estratos, tipologías, problemáticas y enfrentamientos. Una conflictiva sociedad hija de la modernidad. Y esta alegoría la volvemos a encontrar en Hospital, libro que en esta oportunidad motiva una lectura más profunda. En este poemario, el trasatlántico es la vida que se apaga y el barco-hospital el lugar donde el tripulante-poeta-agónico ve morir, con desesperanza, entre penumbra y soledad, a sus antiguos y desesperantes compañeros de habitación. Por eso hemos realizado una lectura de la imagen del barco como alegoría de la sociedad y como metáfora última de la vida cuando se encalla en puertos definitivos, que bien podrían ser la muerte.


Sobre la forma y el lenguaje del poemario

Hospital, es un conjunto de trece poemas en prosa que Pablo Guevara escribió en el hospital Rebagliatti, semanas antes de morir. El poeta alcanzó a corregir los textos, incluso a elegir el color y el diseño de la portada, pero la muerte hundió el barco del cual era tripulante antes de ver publicado su último testimonio de vida. Son trece poemas enumerados; sin embargo son dieciocho si es que contamos el que hace de proemio, los tres que contiene el poema 4 (4a, 4b, 4c)[7] y la coda que se ubica después del poema 13. Los textos son irregulares en su extensión: hay poemas que tienen 3 líneas como el poema 12 y otros conformados por 23 como el poema 10. Sin embargo, todos desarrollan imágenes novedosas construidas con un lenguaje intenso y vital, más cercano a la intensidad y caudalosidad de lo épico que a la brevedad y economía parca de lo lírico.

Resulta interesante, en Hospital, la construcción de la imagen del barco como metáfora última de la vida. Esta alegoría de la sociedad como un gran barco o trasatlántico Guevara la plantea tímidamente desde sus primeros libros, pero la desarrolla íntegramente, en toda su complejidad y magnificencia, en La colisión, conjunto de cinco poemarios donde el más conocido, tal vez porque fue merecedor de la VIII Bienal de Poesía Premio Copé 1997, es Un iceberg llamado poesía. Acerca de la metáfora del barco como representación de la sociedad, Marco Martos, en su artículo “Pablo Guevara en las fronteras de la poesía”, plantea lo siguiente:

Guevara escoge como metáfora central una imagen que el cine ha popularizado. […] Pareciera que Guevara siempre estuvo pensando en el Titanic, y como poeta que es, de esa circunstancia, el hundimiento de ese poderoso barco, ha trabajado una alegoría […] La imagen de ese barco lleno de belleza (y también de fealdad), con sus distintos estratos sociales en primera, segunda y tercera clase, que choca contra los hielos eternos y se hunde en las profundidades del océano, semeja la de humanidad entera que aparentemente conoce sus radas de llegada, sus puertos felices, sus muelles de alegría y casi nunca cuenta con lo imprevisible que modifica su destino. El lenguaje y la realidad, parece decirnos el texto, dominan al individuo, lo hacen a su imagen y semejanza, lo estrujan y lo destruyen casi siempre. (2007, 139)


Y eso es lo que pasa con Hospital. En este libro el lenguaje domina y estruja al individuo, pero ahora con un poco más de urgencia, puesto que el yo poético es un enunciador que se ubica en el límite de la vida, o peor aún, tiene la conciencia definitiva que mediante el lenguaje puede brindar su testimonio y burlar a la muerte. En este sentido, Hospital es un poema testimonio. El poeta cobra presencia en su palabra; es decir, se actualiza mediante su discurso[8]. Solo el discurso puede hacer que cualquier testimonio resulte perdurable y que el testimoniante cobre vida perpetua. Sin embargo, el yo poético, en cada uno de los poemas, supera la entidad de la palabra. Pero también es importante señalar que en un mundo sin salida, donde se acorazan los ambientes del barco-hospital (emergencia, tópicos y desesperanza), “las palabras” representan el arma solitaria para luchar contra la muerte y el vacío.


Acercamiento al contenido de los textos

Salida al mar

Hospital empieza con algo que puede ser leído como un único subtítulo o tal vez solo como un verso que se plantea como título de una bitácora. La marca textual que nos hace evidente esta hipótesis es que “salida al mar” tiene como mínimo un par de puntos más de tamaño. Y eso llama la atención, ya que se muestra intrigante, como un gran acertijo abandonado en la parte baja (¿tal vez hundido?) en ese inmenso mar blanco que viene a ser la página 10.

Es importante señalar que en todo el libro ningún texto empieza con mayúscula. Esto lo convierte en un gran poema, en el que el símbolo del barco prima como eje cohesionador (en este caso, un trasatlántico), un buque que navega y no navega, que avanza y se acodera. Expliquemos esta aparente contradicción: el navío, al inicio del “viaje”, dice estar “acoderado entre las avenidas Salaverry y Arenales [...]”, en clara alusión al hospital Edgardo Rebagliatti, donde el autor se sometió a un tratamiento urgente semanas antes de morir. Por lo tanto, no hay viaje en el barco, sino el que viaja es el yo poético en una especie de “travesía de extramares[9]”, donde el mar es la realidad y el más allá es el mismo mar, pero sometido a una visión poética donde se aplica la estrategia de la simbolización y la alegorización.

En el poema [1] se empieza a configurar el espacio interno de este trasatlántico. Las habitaciones de este barco-hospital son descritas de manera espeleológica, pues en vez de ser lugares de reposo, son mencionadas como  cuevas de donde se escuchan aullidos de seres primitivos o animales peligrosos que actúan a la defensiva contra la muerte.

primeras incoherencias 1 a.m. la habitación cueva de al lado rebasaba de aullidos… parecían los de un animal poderoso portentoso mitológico furioso… de repente se trocó en voz juvenil de mujer muy entristecida […] (2006, 13)

El poema empieza mencionando las “primeras incoherencias”: se relatan aullidos de animal representados en la voz juvenil de una mujer que, ante el dolor punzante del enfermo (representado esta vez por aullidos salvajes), muestran su indiferencia ante el dolor del prójimo, pues en vez de preguntar por la salud del familiar, amigo o pareja, se queja por tener los zapatos más feos del lugar.

Las segundas incoherencias se presentan en el poema [2], donde las imágenes, inequívocamente humorísticas, se contraponen al ambiente doloroso de un hospital. Este poema presenta una clara alusión a las ilustraciones realizadas por Doré del infierno dantesco, las cuales poseen una técnica de mímesis hiperrealista dada por los rasgos físicos: “un viejo total calva monda el muslo musculoso plegado como en los grabados y elevando los brazos a los cielos” (2006, 15). Así, un anciano es llamado un “bocatto de horror”, pero al mismo tiempo invita a las ovejas enfermeras a que “lo toqueteasen”; se describe el miembro viril como “una pita con nudo”; al unísono otro viejo pifia descontroladamente, como si estuviera haciendo barra en cualquier estadio. Ambos hechos percibidos como grotescos producen sinsabor en el yo poético. Los ancianos son descritos como “hielos seniles” y las situaciones que producen sus comportamientos como “arrecifes”. Estos elementos deben ser sorteados para que el hombre llegue a una “navegación” placentera. Es importante aclarar que la verdadera incoherencia radica en el cruce de isotopías que origina el humor negro de la imagen doréica: hospital/ muerte - estadio/ bulla/ sexo.

En el poema [3], la realidad (“la gran trituradora la gran sistematizadora”) es simbolizada como un mar donde navega el gran “cachalote”-hospital, símbolo de la sociedad en donde el yo poético se ve como una especie de Jonás que puede apreciar “la diástole y sístole” de este leviatán acorazado que se traga a borbotones hasta la salud del más fuerte, además de admirar sus intríngulis, sus meollos, su motor. El poeta, desde su periscopio, puede observar a un “César” que con su “gordo dedo” decide si nos da la muerte (“si salimos con los pies por delante”) o nos deja con vida (“si descendemos bien atildados del barco por nuestros propios pies”), estado que es alegorizado con Petronio, escritor latino, autor del célebre Satiricón, texto que habla de la vida licenciosa de una Roma decadente de moralidad. Este personaje representa la vida en relación al sexo y la bebida, así se le ve descendiendo al paciente del hospital como si bajara perfumado de un hermoso “cuatrirreme”, barco de guerra que simboliza la juventud, el ímpetu de vivir. La sociedad en este caso no solo es un barco, sino también un circo romano donde lo más importante no son los que viven o mueren por la gracia del “César” sino los observadores de la carnicería, sensacionalistas “fanáticos blandengues obtusos”. Otra vez observamos la primacía de la alegoría para describirnos la indiferencia humana ante “el espectáculo” de la muerte. También es interesante apreciar la sátira con la que construye la imagen del médico, quien recurre a la tiranía del César y no a su ciencia. En este caso, Guevara se inserta en una tradición muy antigua de ataque a los galenos, la que tiene como referentes principales a Quevedo, Góngora y Juan del Valle Caviedes.

En el poema [4] se continúa con la idea de la vida en sociedad como un “campus belli”, una guerra. La vida en la ciudad convierte a los hombres en una contradicción: “vivos muertos todavía frescos”. Sabemos que Guevara es uno de los poetas más críticos de la modernidad y, por ende, cae en el postulado de este grupo de escritores: ser un poeta que critica a la urbe, pero no loando su antípoda, el campo, sino profundizando en sus vericuetos más profundos. Lo peculiar en Guevara es su amor a la imagen que proviene de su afición por el arte cinematográfico, dado que los poemas se presentan como escenas y al mismo tiempo como parte de una misma “película”. Además, su gusto por la pintura y la poesía medioeval fue determinante en el estilo de la construcción de la imagen grotesca, alegórica o simbólica. Hay que tomar en cuenta que este libro tiene una relación con la Ópera marítima en cinco actos llamada La colisión, donde el viaje, el barco y los tripulantes tienen un significado equivalente. La única diferencia, tal vez, resida que en Hospital Guevara comprime su intencionalidad lírica a un sanatorio como si este fuera la sociedad misma, una nave. Prueba de esto es que al inicio del libro el yo poético manifiesta: “otra vez aparece un trasatlántico en mi vida…”.

El poema [5] alude a la clásica visita que realizan los familiares a los pacientes enfermos que se encuentran acoderados y encallados a sus respectivas camas, bacinicas o sillas de ruedas. Estos parientes se acercan al gran barco-hospital en pequeñas “chalupas”[10] o en “lanchones”, y lo hacen cargados de “vituallas” como “una ollita de barro bien escondida con comida… un rollo de papel higiénico… fruta… o un baño improvisado total e inesperado”. Y se sienten como víctimas lanzadas al laberinto de Dédalo, donde viejos minotauros devoran poco a poco a sus enfermos. Aquí aparece otra vez el cinéfilo Guevara, quien compara la desorientación de los visitantes con las innumerables puertas que se abren al infinito, “como en El gabinete del doctor Caligari”, uno de los grandes clásicos del cine de terror, representante del expresionismo alemán. En esta película, el doctor Caligari induce a un hombre en estado sonámbulo a perpetrar innumerables asesinatos. Este film se caracteriza por sus decorados retorcidos, distorsionados y con ángulos imposibles. Volviendo al poema, Guevara describe una similar percepción que tienen del hospital los flamantes visitantes. Sin embargo los enfermos se sienten como exóticos integrantes de la fauna del nosocomio, pues los familiares apenas los miran y se dedican a conversar, a jugar, a gritar y a acordar futuras reuniones entre ellos. Entonces queda sonreír para adentro y suspirar tristemente, como un “Buster K.[11] bien peruano mirando a su alrededor ojos bien abiertos desolado ante toda esa balumbra”.

El poema [6] describe el barco-hospital como una gran tienda donde los visitantes pueden buscar accesorios o simples baratijas, pero en el cual siempre van a encontrar una gran oferta de órganos y litros de sangre “piernas brazos testículos arterias venas sangrados meados pulmones hígados vientres páncreas orines heces vómitos y todo lo que usted celosamente guarda bien adentro” (2006, 25). Se critica con sarcasmo el tráfico de órganos, nacido de una medicina experimental, propia de la modernidad.

En el poema [7], el yo poético se desespera ante la sobrepoblación de enfermos en el hospital. Paciente a su vez, critica el pésimo servicio y la poca capacidad de gestión de las autoridades del nosocomio, aun cuando el hospital donde se encuentra es considerado uno de los mejores del país; entonces ironiza: “aquí los turnos tienen que hacer milagros se renuevan cada mañana cada tarde cada noche ¿será así hasta el fin del mundo?”. Elabora una poética del cuerpo, la que afirma que, por la compra -venta de órganos, dentro de poco vamos a tener el cráneo de uno, las piernas de otro y el corazón de aquel otro. Entonces seremos intercambiables, “incluyendo células y neuronas por ese actuar predictiblemente…”. A la suma de partes que complejizan y detienen los procesos, el yo poético la denomina: “burocracia”. Mientras tanto se aferra a su bote – cama, no vaya a ser que un naufragio nos lance a la deriva.

Poema [8]. De día, el hospital se transforma en una “ciudad febril y bulliciosa”, a la vez acelerada y mercantilista, donde cada uno de sus habitantes practica la cultura del egoísmo propio de la falsa modernidad. Y es que se trata de una ciudad capitalista, donde cada quien se ocupa de sus cosas y de lo necesario para sobrevivir (“la gente se dejaba llevar porque sabía bien a qué había venido aquí”). Por eso los pacientes no esperan ningún reconocimiento: seguir respirando en medio del caos de la ciudad moderna ya era bastante. El poeta recurre otra vez a las calles de Roma y a la bulla del circo romano, donde cada quien actuaba para el aplauso del otro, para el gusto de ese César que debía decidir tu destino. Esta vez no, jugar a la defensiva por seguir con vida equivalía al anuncio de todas las trompetas de la victoria. Al final del poema, el autor es consciente que todos estamos invitados a la ciudad-hospital, pues la enfermedad no distingue color de piel u opción sexual.

el pueblo doliente era multicolor como somos nosotros amarcigado a plomizo a amarillento lima limón o a cobre más o menos cobrizo o achancacado u oscurecido a veces como oxidado o plúmbeo o verdoso como acerado (2006, 29)

  
El poema [9] es realmente hermoso y desgarrador. Se plantea el asunto que la muerte humaniza a las personas, pues el hospital dejó de ser una cueva con seres fantasmagóricos o primitivos que ululaban, pifiaban o gemían, para convertirse en un ambiente venerado, pues “acaba de morir un hombre”. Entonces se tiene la certeza de que este escenario forma parte de la condición para “entrar en el otro lugar desconocido de continuos discontinuos”, como el poeta llama magistralmente a la muerte. Sin embargo la situación mágica se rompe, pues del otro lado alguien reclama al muerto. Es su hija adolescente, para quien el yo poético ensaya algún tipo de consuelo: “le acaba de caer sobre su cabecita el rayo de la muerte la espada del ángel negro de la anunciación que vaticina la inminente tormenta de la ajenidad o alteridad que nos dice a todos tenemos que vivir desde este instante distinto que ayer…” (2006, 31).

La queja sobre la mala atención brindada en el barco-hospital se hace más acerba en el poema [10]. El yo poético manifiesta que los hijos del sistema no tienen la opción de cruzar la línea que divide al mundo de arriba del mundo de abajo, pues “no hay paso del Ecuador” para ese navío cargado de enfermos. Asume que este es un barco de guerra y él apenas un polizonte cualquiera que tiene que aceptar la peor comida que ha probado en su vida. En la segunda parte del poema plantea, con algo de humor negro, una distinción de las enfermedades de las que suelen morir mayormente las personas, las llama enfermedades civiles o civilizadas, pues saben comportarse y su reacción es ya conocida: “los armonizados son cada día más todas esas enfermedades civiles o civilizadas de las que suelen morir los humanos con frecuencia…”. Sin embargo, el yo poético se lamenta de que ninguna de estas dolencias le haya afectado; por el contrario, su enfermedad “tuvo que ser salvaje inconducta conciudadanamente hablando montaraz agreste salvaje…”. Es consciente de que la ciencia médica, a veces facilista, puede hacer poco por su salud, ya no le queda energía, y pide permanecer en la memoria: “por piedad, no te olvides de mí Mente”

En el poema [11], el yo poético declara su última voluntad: que sus restos sean subidos a un “bote a vela de mármol como esos que se ven en los monumentos o mausoleos o en las lápidas” o que tal vez puedan “flotar y flotar y flotar” hasta convertirse en alimento de pingüinos[12]. Aquí se asume la imagen del barco como medio de transporte hacia nuestra última morada, como si fuésemos convivientes de la cultura medieval o como uno de los vehículos principales de Dante para ingresar a ultratumba. Pues Dante planteó la alegoría del número tres en La comedia y tres son las veces que Guevara repite palabras claves en este poema (“¡flotar!” y “¡pingüinos!”)[13]

El poema [12] es el más breve de la colección y empieza con la alegoría del número tres, que es el número de veces que repite la palabra “santo”. Pero no se trata de un santo ungido para los altares, pues estos están destinados a ser venerados y a gozar siempre de los favores de Dios. Se trata de un santo que sufre en su “urna de cristal imaginaria” y que necesita ser absuelto por la palabra paternalista (“yo te absolvo figlio”) propia del testimonio del yo poético. Mención aparte merece la referencia a Tim Burton “acaso sea todo finalmente como lo quiso Tim Burton en El gran pez”. Recordemos que en esta película, Edwar Bloom, el protagonista principal, narra recuerdos de su vida añadiéndole datos fantásticos, como si su vida no fuera su vida misma; es decir, asumía su relato como una necesidad de escape[14]. Esas mismas características se presentan en este libro, pues el yo poético condimenta las circunstancias de su estadía en el hospital con alegorías fantásticas producto de la fiebre o del delirio, hermosos escapes que le otorga la enfermedad.

En el poema [13], el yo poético sueña su muerte: “y enderecé entonces la cabeza y vi una enorme bahía inmensa inmensa inmensa frente a mis ojos desconocida totalmente para mí”. Describe el ambiente del más allá como una inmensidad gris con enormes claroscuros. Asume al final del mismo la creencia cristiana de que el hombre fue hecho de polvo, pero de polvo perteneciente a las arenas del mar, pues es lo que recibe al poeta en su viaje final (“arena mojada semioscura y moldeada como gente”). Se trata de una “arena amiga” que sale a saludarlo y, justo cuando están por unirse polvo humano y polvo mar, el poeta despierta de su sueño y se ve otra vez en el hospital.


Coda

A manera de coda, Pablo Guevara presenta esta exquisitez:

no sé lo que entró por emergencia herido no sé qué…
puede ser un escualo una mantarraya silenciosa…
por decirlo caminando con nuestros propios pies
como proa o con crespones negros pies por delante
¡y siempre el mar! ¡el mar! ¡el mar!      
Y llegó cadáver[15]

En estos versos se hace referencia al instante en que el yo poético entra al hospital, que sería a la postre el lugar surrealista poblado por seres fantásticos desde el cual nos brinda su agónico testimonio. Y en este hospital-barco reculó, tal vez pescado en las aguas de la salud como un escualo o “una mantarraya silenciosa”, pero hecho prisionero en este ambiente deprimente del barco como alusión o metáfora del último viaje. Tal vez el único consuelo del poeta sea la posibilidad inminente por regresar a su hábitat: “¡y siempre el mar! ¡el mar! ¡el mar!”


Referencias


GUEVARA, P. (2006) Hospital. Lima: Editorial San Marcos.

LÓPEZ MAGUIÑA, S. “Pablo Guevara: Hospital”. En: Totalidad e infinito. Homenaje a Pablo Guevara (2007). Lima: Editorial San Marcos.

MUÑOZ CARRASCO, O. “Despedida del rompehielos: Lectura de Hospital de Pablo Guevara”. En: Totalidad e infinito. Homenaje a Pablo Guevara (2007). Lima: Editorial San Marcos.




[1] Ensayo presentado como trabajo final del curso Seminario de Literatura Peruana III, dictado magistralmente por el doctor Marco Martos Carrera, en el marco de los estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana (UNMSM, 2014).

[2] Guevara, P. (2006) Hospital. Lima: Editorial San Marcos.

[3] “Pablo Guevara ingresó de emergencia al Hospital Edgardo Rebagliatti el 28 de agosto de 2006 y permaneció internado hasta el 11 de setiembre. En ese lapso se le diagnosticó leucemia mieloide. Entre el 6 y el 27 de octubre estuvo nuevamente en el lugar debido a un cuadro de neumonía. Hospital fue escrito entre el 3 y el 11 de setiembre, en el cuarto 661, durante su primera permanencia. Entre el 11 y 30 de setiembre, el poeta lo concluyó en casa. Pablo Guevara murió el 1 de noviembre de 2006” (2006, 43).

[4] “Textos como ‘Mi padre un zapatero’ significaron la incorporación del legado de la poesía de Ezra Pound y de T.S. Eliot a nuestra lírica. (http://camilofernande.blogspot.com/2007/08/50-aos-de-retorno-la-creatura-1957-y-40.html)

[5] La colisión (Ópera marítima en 5 actos): Acto primero: Un iceberg llamado Poesía. Acto segundo: En el bosque de hielos. Acto tercero: A los ataúdes, a los ataúdes. Acto cuarto: Cariátides. Acto quinto: Quadernas, Quadernas, Quadernas.

[6] De acuerdo con la lectura de Marco Martos, “Con la publicación de La colisión, Pablo Guevara sorprende a los lectores. El hipertexto, como se dice en la terminología literaria, es posmoderno” (2007, 138).

[7] Consultar: GUEVARA, P. (2006) Hospital. Lima: Editorial San Marcos.

[8] Santiago López Maguiña, en su artículo “Pablo Guevara: Hospital”, afirma que “El testimonio es la manifestación más clara del discurso, concebido como discurso en acto. Discurso que se hace presente y hace presente al sujeto que lo enuncia.” (2007, 125)

[9] Clara alusión a Travesía de extramares (sonetos a Chopin) (Lima, 1946), libro de Martín Adán que también planteó la imagen del barco como representación de la existencia humana. Adán es un poeta muy citado por Guevara en varios poemas de La colisión.

[10] 1. f. Embarcación pequeña, que suele tener cubierta y dos palos para velas. 2. f. lancha ( embarcación que llevan a bordo los grandes buques). www.rae.es

[11] Alusión directa a un genio del cine mudo: Buster Keaton, un joven tragicómico, que se enfrenta a las desgracias con una absoluta inexpresividad.

[12] Los restos mortales de Pablo Guevara fueron cremados y arrojados al mar de Pachacamac, según su última voluntad.

[13] Encontramos esta recurrencia también en la coda del libro: “¡y siempre el mar! ¡el mar! ¡el mar!”.

[14] Las películas de Tim Burton están pobladas por personajes grotescos y kafkianos, raros, con graves problemas para ser aceptados por los demás integrantes de una sociedad hipócrita y vacía.

[15] Pablo Guevara no deja de lado el humor negro en este libro, puesto que este último verso hace referencia a una anécdota que le aconteció apenas hubo ingresado al hospital: por equivocación, le pusieron al poeta, en su historia médica, el pequeño e inofensivo letrero: “llegó cadáver”.

Friday, September 07, 2018

Breves apuntes en torno a Nostalgia de barro, de Robert Jara

Introducción

La poesía es uno de los géneros más sublimes y difíciles de cultivar. Más allá de la flexibilidad de su forma, la innovación de su lenguaje y la sugerencia de su comunicado, el libre albedrío con el que cuenta la convierte en un recurso poderoso de expresión artística. A esto debe sumársele el hecho de que este género contiene las diversas concepciones de la belleza asumidas por el hombre a lo largo de la historia. En este sentido, la libertad que ofrece la poesía ha permitido su evolución y también su equívoco. El canon oficial y no oficial de la poesía peruana está compuesto por numerosos representantes que ofrecen voces originales, y otras que no vienen a ser más que una síntesis de los estilos propuestos por generaciones anteriores. Por ejemplo, el vanguardismo peruano inicial se caracterizó por ser marcadamente indigenista y con gran afluencia de elementos provincianos. Sus autores, la mayoría provenientes del ande (César Vallejo, Carlos Oquendo de Amat, Gamaliel Churata, Alejandro, Peralta, etc.) propusieron un vanguardismo poético sui géneris, pues no llegaron a encasillarse en algunos de los istmos desarrollados por la vanguardia europea. Por otro lado, las denominadas generaciones del 50, 60 y 70 también realizaron grandes aportes estéticos y formas contestatarias de asumir el trabajo poético. A partir de esta base dejada por los grandes representantes de la poesía peruana de la segunda mitad del siglo XX, la poesía actual se muestra mucho más diversa, pero con menos profundidad en su discurso, situación que, asumimos, procede de no experimentar las grandes transformaciones y cambios sociales que les tocó vivir a los poetas de las generaciones precedentes.

En este contexto de lo diverso, aparece Nostalgia de barro, primer libro de poemas de Robert Jara, que posee características formales y temáticas que nos llevan a pensar, en un primer momento, en las propuestas estilísticas del vanguardismo indigenista peruano. No obstante, presenta algunas cualidades que le otorgan cierta independencia a su discurso, lo que lo convierte, a pesar de representar una poética ya trabajada, en una propuesta interesante debido a algunos factores que comentaremos más adelante. Los poemas de este libro se encuentran organizados en tres secciones: “Cantata al silencio”, “Los abuelos de mis abuelos” y “Nostalgia de barro”. Esta última le otorga denominación al poemario completo, lo cual es un acierto, porque presenta de manera adecuada la unidad temática y discursiva propuesta por el autor.


Cantata al silencio

El Diccionario de la lengua española define cantata como la “composición poética extensa, escrita para que se le ponga música y se cante”. Por esta razón, este primer apartado está conformado por un solo poema[1], rítmico y caudaloso, que no llega a ser torrencial por la presencia exclusiva de versos cortos.  El autor, mediante la enumeración de metáforas, anáforas y metonimias (muchas de ellas muy originales) y algunos neologismos, llega a plantear una poética de representación de su pueblo natal (Guadalupe[2]), el que se caracteriza por ser rural, provinciano y litoral. Esta cantata expresa la nostalgia del poeta, quien, para elaborar su discurso, elige una voz que, a la vez que brinda información sobre las diversas características del lugar idealizado, no deja de sorprenderse por cada uno de sus detalles, como si recién los estuviese descubriendo. La presencia de diminutivos que presenta la evocación del terruño deja en evidencia la añoranza que el yo poético siente por cada uno de sus elementos.

Pueblito
polvorientas callecitas
sombreritos de enea
sombreando
hileras de adobes
de caña y
de barro


Sin embargo, la abundancia de estos diminutivos (43 en total), nos lleva a pensar que la voz poética le pertenece a un niño, quien es capaz de sorprenderse ante todo y trata con nostalgia todo lo que recuerda desde su particular visión de infante. Este es uno de los motivos por los que, tal vez, no profundiza en la reflexión de su discurso evocativo, sino que lo representa con marcado exotismo. Esta última característica también se relaciona con su gusto por las culturas precolombinas y sus manifestaciones autóctonas.

Cerrito Namul
flameando
todo el vuelo de tu falda
zapateas y bailas un wayno
con el gran cerro Azul
tu eterna pareja
que hace
mil garabatos
con su pañuelo
de viento

Por supuesto, el poeta es un adulto que recurre a la evocación pura y duradera que uno tiene de un lugar determinado, y esto solo se consigue a través de los ojos diáfanos de la infancia. Como dijimos, esta elección de la voz poética (que puede ser una actividad consciente o inconsciente del creador) muchas veces corre el riesgo de presentar de manera superficial la cosmovisión que se quiere transmitir. Entonces, estamos frente a una experiencia paisajista con pocas interacciones humanas profundas. No obstante, si se realiza una lectura más atenta y se manejan algunos referentes sociales e históricos, se descubrirán fragmentos de singular belleza que denuncian desgarradores y luctuosos sucesos acontecidos en el contexto de la Guerra del Pacífico. Esta segunda lectura nos presenta el fusilamiento de tres ciudadanos guadalupanos a manos de un general chileno, y cuya posterior indiferencia el poeta se encarga de denunciar. Viéndolo desde este punto de vista, se trata de una elegía o, como el autor diría más adelante, de un ayataqui en el que se cuestiona los vacíos de la historia oficial[3].


Se estremece el silencio
tartamudean los fusiles
enjambre de balas
y se desploma brutal
el monolítico tronco
(el silencio no suda ni tiembla)
y se subleva
el martillo sobre el clavo
el clavo sobre el cuero
la historia sobre el olvido


En resumen, la cabal comprensión de “Cantata al silencio” requiere de cierto trabajo de documentación. Este es el reto que nos plantea el autor. Sin embargo, en el poema se debieron consignar otros referentes históricos y culturales (tal vez desarrollarlos o sugerirlos con mayor generosidad) de los sucesos ocurridos en su pueblo natal. Esto beneficiará la comprensión integral de lo representado y guiará con acierto la indagación necesaria. Recordemos que un poema que aborda re-presentaciones históricas desarrolla sus temas como descubrimiento. Cantata al silencio va por buen camino.



Los abuelos de mis abuelos

En el segundo apartado titulado “Los abuelos de mis abuelos”, Robert Jara, en poemas más contemplativos y reflexivos, interactúa con la memoria de sus abuelos primigenios y hacia ellos se dirige: “Abuelo/ beso de espuma/ de hojas/ de piedra”. “Por qué abuelo/ saliste del mar echando espuma”. Esta sección está integrada por cuatro poemas. En “Prefacio” manifiesta las razones por las que su canto debe ser transmitido de modo urgente “a todas las orejas”. El poeta se presenta como el territorio que cobija los acontecimientos importantes de su cultura: “Soy la pampa/ donde desgrano el arcoíris”.  Y no solo eso, también es el pueblo entero con sus variantes y particularidades. En este conjunto de versos, el yo poético se declara mestizo, cholo de todas las sangres. Con esta autoridad ciertamente panteísta, invita a cambiar el cruel destino de los subalternos:  


Ven hermano
                            húndete en mi pellejo
                                    (tu pellejo al fin)
                                     y no sufra más la palabra del mudo[4]


“Cantata al origen” es el segundo poema de esta sección. En este texto, el yo poético se presenta como descendiente de un abuelo milenario y precolombino, quien ha gozado de los paisajes y vivencias ancestrales, integrante de una cultura autóctona y pura, libre de la contaminación del sincretismo cultural y religioso: “Abuelo/ cuéntame de tus playas/ tus valles/ tus cerros/ de esos labios/ de esos vientres/de esas tetas/ en fin/ de todas tus yuntas milenarias/ que aún hoy aran/ con tu nieto/ las pampas del olvido”. El poeta se sabe destinatario y continuador de esa cultura, por eso brinda al lector toda su nostalgia a través de la descripción de la flora, fauna y arquitectura ancestral. Reveladoramente, la armonía de la descripción oriunda concluye con la presencia de elementos invasores como el gallo y el toro: “¿Por qué los ríos/ preñan al mar/ con crestas de gallo y vagidos de toro?”. Desde entonces nada volverá a ser lo mismo.

“Cantata al beso” es el tercer poema de esta sección. Aquí el poeta se dirige a su abuelo de ultramar y se confirma mestizo. Le habla a su ascendiente colonizador, asesino y lujurioso. Se siente con autoridad para juzgarlo, pero también con mucha amplitud para comprenderlo, pues entiende que su existencia misma estuvo determinada por el histórico encuentro: “Lo siento abuelo/ pero.../ sin ese beso amargo/ sin esa pólvora jodiendo tu pellejo/ sin esas barbas humedecidas de lujuria/ sin ese trauma imperdonable/ yo/ yo hoy no estaría aquí conversando contigo”. Estamos ante un poema de gran factura por la coherencia de su discurso y por la oralidad de su presentación, lo cual es un estilo difícil de lograr. Aun cuando su poética no logra desprenderse del conocido testimonio de los vencidos, podemos decir que este es uno de los mejores poemas del libro.

A diferencia de los dos anteriores, el último poema de este apartado es de extensión breve. Se titula “Colofón” y su mensaje está dirigido a los descendientes de los abuelos y a los propios descendientes del yo poético. En este texto se incide en el tema del mestizaje y se reflexiona acerca de las consecuencias del sincretismo resultante: “Desde aquel lejano beso/ de horizonte nervioso/ alegre por el fruto/ triste por el cómo”. El poeta se muestra exultante por el resultado del mestizaje, pero crítico por las formas de invasión. En otras palabras, el poema alude al mestizaje como una condición propia del ser peruano, el cual es el resultado de la interacción cultural de la colonia. En este sentido, el pueblo de Guadalupe se presenta como “zona de contacto”[5].

En síntesis, en “Los abuelos de mis abuelos” el poeta se descubre como resultado de un mestizaje profundo. Pero no es el mestizaje enarbolado por Chocano en Blasón, quien se sabía descendiente de dos razas fundadas con épico fragor, sino de uno más ecléctico, actual y realista (“el cholo el mestizo/ el hombre nuevo[6]”), pues el yo poético manifiesta que tiene de indio, chino y negro. Además, añade: “soy barbudo/ soy lampiño/ soy hirsuto/ soy jalado”. De esta manera, estos poemas se inscriben dentro de la tradición de la poética del mestizaje, pero con presencia directa de interlocutores. Resulta, por lo tanto, una propuesta interesante.


Nostalgia de barro

Esta última sección se encuentra constituida por un poemario independiente que, si bien se encuentra conformado por 34 poemas, puede ser tomado como un solo texto debido a la unidad temática que presenta. En estas creaciones, el poeta alterna la presencia de versos cortos y de largo aliento, lo cual otorga a la composición un ritmo versal que proporciona dinamismo a la lectura. La concatenación de versos largos le permite al lector descansar en la contemplación de las descripciones ofrecidas; en cambio, la presencia de versos cortos le confiere al poema el vértigo propio del comunicado urgente. En estos textos, el autor se aleja formalmente de la cantata y se acomoda en el poema en sí; se presenta más lírico y evocativo. Este apartado presenta una cadencia más sosegada, lo cual invita a detenerse en el poema y profundizar su lectura.

Los textos de “Nostalgia de barro” presentan la añoranza del poeta por los elementos y productos de la gastronomía regional (humitas, tamales, chicha de jora, chancacas, ollas de barro, arrocito macollado, leños, trigo, café, pan, cocoa, cancha, pachamanca, etc.). En estos poemas la comida se relaciona directamente con la presencia de la madre, cuyo amor es cobijo y alimento, afecto y nutrientes. La voz poética se asume desde el destierro. En su calidad de migrante en una nueva tierra, al poeta le duele la ausencia de la madre: “Ya no hay trenzas ni labios morenos”. Y evoca con amor su figura protectora, pero a la vez distribuidora de responsabilidades, que hace madrugar a los hijos con el canto de los gallos.

El yo poético enuncia su discurso desde un nuevo lugar y una nueva morada, por eso la evocación y la ensoñación de la casa en la que pasó su infancia se relaciona directamente con los que habitaron en ella: la madre, el padre, los hermanos, los abuelos, hasta los platos, los potajes y los animales. En este sentido, el poeta se regocija reviviendo recuerdos de protección. Si evocamos nuestra niñez desde una casa nueva, entonces podemos viajar al mundo de la infancia, el cual se caracteriza por ser inmóvil y por encontrarse suspendido en el tiempo, con sus elementos intactos. Por eso nuestra infancia se constituye en un subterfugio seguro, en ese universo encontraremos nuestras cosas tal y como las dejamos. Según Bachelard, la casa en la que se vivió la infancia “suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma” (2000: 30).

Debido a esto, el poeta siente una doble añoranza. En el autoexilio y en una nueva casa, se apodera de él la tristeza por los alimentos que no comerá en lejanía. Añora los objetos y las manos que los preparan. La madre es fuego, leña, sangre encendida. El padre trabaja en el campo. El poeta aborda con dolor las épocas de crisis que tuvo que pasar la familia. Reseña la escasez de alimentos. La madre, pilar del hogar, trabaja duro. El poeta tiene el siguiente recuerdo de ella: “Mamá ronca, y pienso en lo mucho que ha muerto mientras juguetea la noche con la calle”.  Por otro lado, los poemas de esta sección presentan la imagen de la madre como alimento. Es ella quien se brinda como horno, pan y azúcar en épocas de crisis: “café endulzábamos con llanto de madre”. El poema “Domingo de trueque” contiene todo el desgarro que estamos comentando. Es el corazón de este apartado. La madre siempre se muestra preocupada por que los niños tengan algo para llevarse a la boca, no importa si esto implica que ella misma se sirva de alimento.

En los poemas de Jara, el concepto de madre se relaciona con el milagro de la vida, ligado a la tierra y al cultivo. La madre representa una gran identidad afectiva, protectora y nutricia. Por esta razón, adquiere dimensiones cósmicas y su tristeza es infinita. Este es el motivo por el cual el poeta no quiere separarse de ella, teme que algo le pueda pasar y su mundo se vea destruido. Alude a la concepción de la madre-diosa[7]: “Ve hijito, anda, juega. No, mami, no quiero. Ve, afuera están jugando a las escondidas. No. Yo quiero estar contigo. Ve con tus hermanitos…” Este poema, también, nos remite al juego de las escondidas presentado por César Vallejo en el poema “A mi hermano Miguel”. En su texto, Vallejo resemantiza el significado de la muerte en el juego de las escondidas desempeñado por los niños[8]. Sin embargo, en los versos de Jara, más que referirse a hechos luctuosos, este juego infantil hace referencia a la angustia que se siente por la separación, la distancia y el desencuentro.

Por otro lado, el poemario presenta a veces un marcado lenguaje modernista: “El sol cae de mi pupila en húmeda nostalgia”, pues su adjetivación recurre al colorido, musicalidad, y apela a las reacciones sensoriales del lector. 


Por las rendijas descuidadas de la urbe
lilácea el pulmón de mi eco
Orejeo la tonada de los míos


En suma, este apartado presenta la añoranza que se siente por la madre tierra, pero con mayor exactitud, es la nostalgia que representa la evocación de la madre real, la que se ofrece como alimento material y espiritual para los hijos.


Conclusión

Nostalgia de barro, a pesar de ser el primer libro publicado por Robert Jara, es poseedor de una reveladora madurez, lo cual demuestra que la composición total del poemario ha llevado algún tiempo significativo y muchas etapas de corrección. Cada apartado de este libro presenta poemas centrales que brindan una visión cultural e íntima del pueblo ancestral y de la familia ausente. Si bien es cierto, por algunos aspectos formales se muestra deudor del modernismo, no es menos cierto que en cuestión de temas y fuerza interior es muy cercano a Vallejo. Sin embargo, el estilo de este poemario lo acerca al vanguardismo indigenista de la primera mitad del siglo XX[9], en especial a lo propuesto por Gamaliel Churata[10]. Los poemas de Nostalgia de barro proponen, al final, la negociación transculturadora de cierto sincretismo entre lo autóctono y lo foráneo. No obstante, esta categoría la desarrollará el autor, con una propuesta más atrevida, en su segundo libro titulado Air port.

César Olivares Acate




Referencias bibliográficas

BACHELARD, Gastón. La poética del espacio. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000.

HUSAIN, Shahrukh. La diosa. Creación, fertilidad y abundancia, mitos y arquetipos femeninos. Singapur, Taschen, 2001.

JARA, Robert. Nostalgia de barro. Lima, Ornitorrinco Editores, 2011.

MAMANI, Mauro. Sitio de la tierra. Antología del vanguardismo literario andino. Lima, Fondo de Cultura Económica del Perú, 2017.

PRATT, Mary. Apocalipsis en los andes: zonas de contacto y lucha por el poder interpretativo. Centro Cultural del BID 16, 1996.



[1] Cantata al silencio es un solo poema compuesto por 579 versos.
[2] “Guadalupe es una ciudad de la costa norte del Perú ubicada en la provincia de Pacasmayo, en el región La Libertad. La ciudad está enclavada en el corazón del valle del Jequetepeque, el nombre de este distrito se relaciona al de su santa patrona Nuestra Señora de Guadalupe” (Wikipedia). Cabe indicar que en ningún verso de esta primera parte se menciona el término Guadalupe. Sin embargo, uno lo puede deducir debido a algunas referencias geográficas presentes en el poema, como el cerro Namul, el cual contiene en su cima la efigie de la advocación que nombra al pueblo.
[3] En una canción suya titulada Héroes del silencio, Robert Jara cuenta la historia del sacrificio de los hermanos Justo y Fernando Albújar, y de Manuel Guarniz, jóvenes guadalupanos que decidieron ofrendar su vida antes de revelar la identidad del autor del disparo que casi le cuesta la vida a un sargento chileno. Los fusilaron. Sus muertes significaron la reivindicación de un sentimiento de protesta colectiva ante la ocupación chilena del pueblo. Lamentablemente, en el poema que nos ocupa, muchos lectores no guadalupanos dejan pasar este hecho significativo del poema.
[4] En este poema se encuentran en cursivas varias referencias intertextuales a títulos de libros importantes en la cultura peruana: La palabra del mudo, Los ríos profundos, Todas las sangres y Cholifiquemos al Perú (en alusión a Peruanicemos al Perú).

[5] Según Mary Louise Pratt, “las zonas de contacto tienen con frecuencia su origen en la invasión y la violencia y con frecuencia se traducen en formaciones sociales que se basan en drásticas desigualdades. A menudo también entrañan lo que se ha llamado ―heterogeneidad radical, es decir, estructuras sociales en las que, en un mismo espacio, coexisten sistemas culturales muy diferenciados que interactúan entre sí” (1996: 4).

[6] Esta referencia al hombre nuevo tiene raíces mesiánicas, y alude al desempeño místico de un hombre que tiene tras de sí la decadencia de una era y la fundación de un periodo nuevo. En un contexto más latinoamericano, esta frase nos remite al “hombre nuevo” propuesto por Ernesto Guevara, quien se refiere al nacimiento de la humanidad en una etapa diferente; en esta nueva etapa el hombre debe caracterizarse por su espíritu de solidaridad y sus fuertes valores morales.
[7] Al respecto de esta categoría, Husain complementa lo siguiente: “La diosa madre es el núcleo de la percepción del Universo como unidad sagrada y viva, en la que se mezcla una red cósmica que une los órdenes de la vida manifiesta y oculta, cuyo centro ha girado en torno a la creación. Por su esencia de totalidad, la imagen de la diosa madre ha irradiado ámbitos más allá de los estereotipos de la feminidad, y a lo largo de su historia ha desempeñado el papel de soberana, guerrera, cazadora, junto a otros atributos, entre los cuales están su autonomía, sexualidad y fuerza, así como la unidad de los opuestos, lo masculino y lo femenino, la creación y la destrucción, la vida y la muerte” (2001: 6).

[8] Debido a la presencia del padre aldeano y de la madre campesina, estos poemas nos llevan a pensar en los “Los pasos lejanos”, “A mi hermano Miguel” y el poema “XXVIII” de Trilce. La atmósfera familiar y las acciones desempeñadas por los actantes son muy parecidos. Otro ejemplo de esta cercana relación se encuentra en el verso “vaporcito enclaustrado no tardarás en llorar”, el cual nos remite al conocido “vaporcito encantado siempre lejos” del poeta santiaguino.

[9] Acerca del vanguardismo andino o indigenista, Mauro Mamani (2017:13) resalta su mecanismo integracionista, cuyo proceso consiste en afirmar los valores propios y asimilar los ajenos. Mediante este procedimiento se puede expandir lo regional y universalizar lo andino.

[10] A continuación, se brinda un fragmento del poema “Matinas”, de Gamaliel Churata, poeta arequipeño cuyo verdadero nombre fue Arturo Peralta Miranda.



Matinas

tiembla la pulpa campestre
del polen de los surcos
y de la médula del viento
           el aire pule con amor
           el cerro dulce
se abraza en el rumor de los trigos maduros
perfume silvestre
danza pastoril
el árbol preñez de canto
OH ANDINO SABOR DE FRUTA
CANCIÓN DESVANECIDA EN ÉXTASIS
¡Cómo se astillan el pedernal y el alma
en el efluvio que amanece!

Thursday, August 15, 2013

POEMA

CONTRICCIÓN

Olvidemos esta calle oscura
Esa mujer salida de un zapato
Aquella lluvia nasal
Esta tristeza
Que no importe caminar
entre las fieras
La muerte ha caído en el
diente del abuelo
Y es imposible respirar
la paz desde sus branquias
Que no importe camuflar
mi corazón en tu bufanda
(las penas no digieren  
tráqueas demudadas)
Olvidemos esta soledad
de nigromante
Blanco sueño de acordeón
Hoy me han dado
qué frío las casacas
Y pienso que a veces
se hace más daño esperando
lo que nunca se espera
Entonces
Escribo este poema
para tu boca de nube
y tu diente de ratón
para tus manos transparentes
y tu lunar de sombra
Para tu piel de fresa
……
En fin,
Para tu oreja doblada,
                 mi julita

                César Olivares Acate

Friday, November 26, 2010

MÁS ALLÁ DE LA VENGANZA:
TALIÓN Y EL INICIO DE LA SOLEDAD

El quehacer literario no siempre trae consigo la construcción de una obra literaria o, para ser menos genérico, la elaboración de un texto literario afín a las inquietudes o requerimientos que el buen lector necesita para engrandecer su nivel cultural y su deseo de continuar leyendo. Recrear la realidad a partir de la utilización del lenguaje (el cual debe poseer las cualidades estilísticas precisas, esto sí teniendo como base la experiencia o maestría de quien escribe) es una labor difícil y compleja, sobre todo cuando, habituados a un género en particular, optamos por el cambio. Esto último es lo que sucede con César Olivares, autor del libro “Talión y otros cuentos de venganza”. Porque su poesía y su trajín como poeta son más que reconocidos. Por eso es más que interesante encontrarlo, degustarlo en su faceta de narrador.
El libro en mención trae consigo un conjunto de historias que van marcando una vía para el lector, a partir de diversos temas y personajes muy opuestos entre sí. Desde el primer texto se empieza a reconocer a alguien que sabe salir a flote en cuestiones literarias: Ya son varios los días que ese perro le viene ladrando a la oscuridad. En su prosa se vislumbra la técnica y la figura de un escritor consciente de su labor y de su capacidad como tal. Hay cuentos tan logrados como Quédate conmigo, La sospecha o como los dos textos en donde aborda temas ligados al desarrollo de una parafilia específica (la zoofilia): Mimí y Llamada de atención, en los cuales trasciende la figura del personaje anti- héroe y nos presenta a seres desterrados, endemoniados, como diría Dostoievsky.
Sin embargo, también está Pa’ bravo, yo, un texto excepcional y más que relevante, tanto por la historia que nos presenta de modo tan acertado como por la facilidad que se percibe en lo que respecta al uso de un lenguaje coloquial preciso, muy sugestivo. Sin lugar a dudas, para ser la primera entrega como narrador, César Olivares se desviste ya como un contador de historias con aptitudes bien definidas, quizá aún en busca de una voz propia, pero que arremete de manera directa e intensa en el desarrollo de una obra personal muy convincente y, dejemos hablar al viento, esperemos que muy importante en lo concerniente a la literatura peruana actual.
“Talión y otros cuentos de venganza” es un libro lúdico, por momentos neurótico y crítico, pero que nos deja complacidos al final de su lectura, porque el quehacer literario se ha transformado aquí en un corpus concreto y estético, y no sólo en ejercicio de creación.

(Enrique Ríos Mercedes)

Thursday, November 25, 2010

JEREMIADAS, ¿DI?

Por Ricardo Vírhuez Villafane

Acabo de leer, entre la combi y el micro de ida y vuelta de la tarde, un librito delgado como un pejerrey que padece del buen estilo y de las mejores ideas. Se trata de “Jeremiadas”, del poeta César Olivares (Trujillo, 1979), una selección de 21 crónicas breves que publica cada semana en el diario Correo, de Trujillo.
A veces con alegría, otras con nostalgia, pero siempre con un espíritu zumbón, estas crónicas son el retrato de una ciudad contradictoria y todavía fiel a sus prejuicios y viejas convulsiones.
Porque Trujillo, en el retrato de este libro, tiene los rostros de una ciudad tímida que ha crecido lentamente, sin aspavientos, tranquila y como dormida en sus laureles. Quienes parecen darle dinamismo son, curiosamente, aquellos que llegaron con el tiempo por razones de estudio o de trabajo, personajes enamoradizos y desternillantes como Jorge Tume, piurano de pura cepa, varias veces mencionado, o las figuras del padre y los amigos, los amores y las nostalgias de una infancia jodida.
Un humor socarrón acompaña los juicios y visiones de Olivares, totalmente rendido a la literatura y los giros efectistas. Porque el cronista oscila desde la frase brillante e inaudita (“oyó hasta el sonido de un alfiler cayendo sobre la alfombra”) hasta la manoseada y ceremoniosa (“estas humildes y sin embargo pletóricas palabras de gratitud”).
Y para tener la sartén por el mango, Olivares se burla de sí mismo, con falsa modestia, naturalmente, y enseguida enfila la broma contra cualquiera que se le ponga al frente, muy al estilo de Jorge L. Borges, quien para confrontar a Shakespeare o Cervantes primero cumplía el ritual de ningunearse. De ahí que el autor considere lloriqueos a sus crónicas, que no otra cosa significan “jeremiadas”. Hábil retórica, lo cierto es que asistimos a unas crónicas hermosas y con medido desparpajo. Notas para degustar y sonreír. Un libro flaco y pendenciero, para quitarse el sombrero.

Wednesday, November 24, 2010

LA POESÍA Y EL POETA
EN “LA VESTIMENTA DE LOS DÍAS”


Como lo diría Cortázar, leer un libro no es lo mismo que leer un libro. La lectura es variable, posee una diversidad de cualidades que hace que lo leído se convierta y se transforme en lo que de verdad hemos logrado comprender mediante el acto sensible de leer. Así como hay diversas vías de comprensión, así, también, existe un cúmulo de formas de entender cuándo lo que uno lee es lo que de verdad ha leído y no sólo una imagen esnobista o ambigua de lo que se ha querido leer. Los libros – de poesía sobre todo- son, pocas veces, lo que nos muestran en su apariencia. Desde pequeños nos enseñan a leer pero, conforme nos vamos haciendo a este hábito es que aprendemos qué leer y a quién leer, y si lo leído es realmente lo que anhelamos leer. O, dicho de otro modo, nos vamos convirtiendo en lectores, en el más abierto sentido de la palabra.

En “La Vestimenta de los Días”, se puede advertir lo dicho anteriormente. Este libro no es el mismo después que lo leemos; luego se convierte en un ente indispensable. La poesía trasciende como en un torrente de lluvia y fuego. Con un lenguaje sereno, directo, pero cargado de imágenes y reminiscencias, cada uno de los poemas van sembrándose en la mente como una alegoría íntima y lúdica. Las palabras van de la mano de la armonía de cada silencio. No toda flor muere en un florero, la pasión, el amor, la soledad, el sentido moral de la paternidad y de la amistad son temas que nos hacen partícipes de una esperanza diaria: Nada hay tan inesperado como lo que siempre se espera; reiterativo por momentos, pero preciso en sus observaciones, César Olivares nos presenta una visión muy personal acerca de la dialéctica de la existencia en un medio que, muchas veces, se torna hostil y hasta tétrico: Pero el tiempo es una herida abierta/ a los ojos de los hombres/ Y aún hay aves que no comprenden/ la inercia de las sombras.

La Poesía es sin duda, el arte más difícil de llevar a cabo; su formación no depende sólo de inspiración y de palabras: depende, sobre todo, de la trascendencia de las palabras que la estructuran. He aquí entonces otro dilema: ¿Cuándo un poeta es en verdad Poeta y no solamente una sombra que se aquieta en la tempestad de la ansiedad y el vértigo del Verbo? La respuesta se la puede encontrar en libros como éste; un libro que nos presenta lo que queremos leer, también nos lleva a conocer al Poeta en sí. Ya no es César Olivares, persona, amigo, padre, transeúnte; cuando uno escribe y publica algo elemental como este libro, se convierte a fuerza de soledad y cordura en eso que tal vez no ansiamos ser mientras escribimos pero, que, quiérase o no, lo somos: Pienso en escribir/ cierro los ojos/ una ciudad/ un cielo/ una muchacha/ salen de mis dedos.

Hacer poesía, vivir poesía, sentir poesía, pensar poesía. Todo se resume en una especie de acto propiciatorio en donde la vida es guiada por subterfugios de palabras que la elevan a un punto inconmensurable, acorde con la naturaleza de ese instinto que nos hace despertar cada mañana y tener ganas de vivir, de continuar soñando, de abrazar, de volver a afirmar: Hijo mío: / apaga la calle y camina por la luz. Cada poema es un balance, un medio de llegar, sin remordimientos ni falsas ilusiones Porque hay voces que envejecen en la garganta/ cuando todo se ha callado. Crítico, sensible, libre, el Poeta cruza las calles, mira las paredes, el pasado, el presente; arremete en tono agudo contra problemas muy humanos como la incomunicación, la frigidez, el caos, la despersonalización (Alguien me busca en los espejos/ y se asusta de no encontrarme), para concluir su periplo cotidiano de manera exhortativa y contundente: Cuando yo me muera / no me dejen hablando solo.

Es, quizá, uno de los pocos libros (que llevan el añadido de llamarse a sí mismos libros de poesía) reales que he podido leer en estos últimos años. Aquí la poesía se manifiesta como una labor, una experiencia continua, dadora, ya no de incertidumbre, si no de fe; porque escribimos un poema para hacer más sensibles a los hombres/ o al menos para intentarlo.

Enrique Ríos Mercedes

Monday, October 18, 2010

"TALIÓN Y OTROS CUENTOS DE VENGANZA"
Muy pronto


En Talión y otros cuentos de venganza, César Olivares pone a sus personajes ante experiencias límite, presentándolos desnudos, sinceros, con la única seguridad de sus instintos en la irreductible aventura de la vida. Y he aquí donde maneja con destreza los hilos de sus perturbaciones, sus secretos y sus desajustes subjetivos para hacer de este conjunto una pieza narrativa que sabe mantenernos en vilo, consiguiendo que nos movamos al ritmo de las más insólitas pulsaciones.
Un escritor integral es aquel que despliega su arte sin temor por los diversos géneros creativos. Y Olivares revela aquí que, además de la poesía y la crónica (especies literarias en las que ya incursionó con éxito), la prosa de ficción es un terreno donde puede pisar seguro si se trata de volcar los demonios interiores. Involucrémonos en estas historias inquietantes, y comprobemos cómo es que realidad y ficción compiten a la par en su afán de brindar su propia versión de la existencia humana.

Ricardo Ayllón

Thursday, October 01, 2009

Wednesday, July 02, 2008

5

Papá abandona su camisa
Su cólico de vientre es suavizado por la lluvia
Nunca he visto una mano saliendo de su frente
Tampoco una nube agitando su sombrero
No tuvimos alfombra
los cuyes se cagaban en la sala
y éramos felices
Porque nuestros pies eran de barro
y el maíz caído se dejaba sembrar en un vasito en la ventana
Porque la habitación era blanca como los muslos de mamá
de techo oblicuo donde viejas vigas sostenían
el peso de Dios de la noche y del sombrero
Mi padre ha cruzado desnudo el espejo mientras dormía
ha reflejado la cicatriz de una vela
entre los recuerdos míos y esta botella de tequila

César Olivares

Friday, May 16, 2008

POEMA 16


Entonces supe de mí por un poema
Estaba escrito sobre una etiqueta de leche evaporada
Era como las cosas que pasan
De caligrafía urgente
y de letra ingrávida
En vano perdí el tiempo hurgando fotos antiguas
y periódicos viejos
Era el poema dentro de una lata de conservas
Traía noticias mías con adjetivos de plumero
de alfombra pisada con zapatos de mendigo
Por eso la costumbre de leer lo que se esconde en la alacena
Me entero así de la vida doméstica que lleva mi mujer
cuando me ausento
Pero llegado fue el día en que su mano jamás volvió a forzar
la cerradura
Ni a recoger su trenza ni a ofrecer su ombligo
Su recuerdo quedó sobre la cama como un acertijo planteado
a la frazada vacía
Pero nada tiene ya importancia
(esto lo supe en el último verso hallado en la nevera)

Sucede que cada vez conozco menos de mí
Y a veces no conozco nada.


César Olivares

Tuesday, February 05, 2008

NAVIDAD


Jesús nació un 25 de diciembre
frente a mi casa
Usaba el cabello largo
Y tenía un padre estibador y hasta
aprendiz de carpintero

De su madre sólo supo que se llamaba María
Y cuando él decía que era virgen
Los vecinos blasfemaban soltando carcajadas

Sin embargo
Un día caminó sobre las aguas
que una señora arrojó desde su puesto de verduras

Las navidades de Jesús no siempre fueron buenas
siempre el recuerdo del viejo la virgen siempre
Y la misma cruz de hierro
pegada a su sonrisa

Ahora espera pensativo junto al “Jordán”
Un tal Bautista le ha ofrecido algunas aguas



César Olivares

10

El panadero de mi cuadra
es José Watanabe
por la misma razón
que el carnicero es don Quijote

De idéntica manera
Yo soy la sangre
de mi padre
Y la escritura
la madre del cordero

Si mi vida resulta ser
la adición de sangre
escritura + cordero

¿Por qué el cordero no
puede ser
digamos
sólo un cordero?


(De: otras variaciones)

César Olivares