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Wednesday, March 08, 2023

A propósito de Decimario, de Cristhian Cárdenas Beramendi

Decimario, última entrega del poeta Cristhian Cárdenas Beramendi, es un sabroso y entretenido poemario conformado por ciento once décimas. La primera parte está constituida por cien décimas denominadas con el mismo título del libro, luego se encuentran “Tres décimas pisqueras” y, finalmente, “Ocho para mi tía negrita”. Este libro fue publicado en Lima, en el año 2022, bajo el sello editorial PanÓptico, el cual pertenece al Centro Peruano de Estudios Culturales.

Instrumento de juglares, payadores, pregoneros o una de las creaciones principales de la poesía popular, la décima es una composición estrófica conformada por diez versos (de allí su nombre) de ocho sílabas métricas con rima consonante. Una décima está destinada para ser recitada o cantada.  Sus temas son variados y no están desprovistos del más fino humor ni de la más honda reflexión. Sin embargo, durante el proceso de la independencia y durante las primeras décadas de la vida republicana, esta composición circuló con frecuencia a manera de pasquín y de panfleto, pues fue usado de manera peyorativa para desacreditar al enemigo político. Conocida es la sátira antirrepublicana atribuida a Felipe Pardo y Aliaga, y que me permito citar: “Si pública es la mujer / que se vende prostituta, / aquella, dos veces puta / re-pública viene a ser. / Así vengo a comprender / esta máxima absoluta: / todo aquel que se reputa / ser de república hijo, / viene a ser, a punto fijo, / un hijo de la gran puta”[1]. En nuestro contexto, las figuras máximas de la décima en el Perú recaen en Carlos Vásquez Aparicio, Abelardo Gamarra, Nicomedes Santa Cruz y David Alarco Hinostroza. En esta misma línea, Chisthian Cárdenas Beramendi se perfila como uno de los cultores más representativos de la décima peruana en la actualidad.

Volviendo a Decimario, las ciento once décimas que componen este libro abordan variados tópicos desde distintos enunciatarios. Así, en sus páginas desfilan temas como el amor, el desamor, las fiestas navideñas, el cuestionamiento a la poesía letrada, la vida en la urbe, la pandemia de la Covid-19, la vida bohemia, la muerte, el trago y la gastronomía. Es recurrente en este poemario que los temas propuestos aludan a elementos intertextuales e interculturales. En este sentido, algunas décimas nos remiten a libros, circunstancias, poemas de otros autores y hasta a composiciones musicales clásicas. Por ejemplo, la décima XLI soporta mejor el desamor cuando alude a uno de los versos más conocidos de Federico García Lorca: “UN ELÍXIR, por favor, / para encantar a mi amada, / que cayó ante la mirada / de un foráneo trovador. / Ese infame atrasador, / en su osado desvarío, / sin más se la llevó al río, / pensando que era mozuela, / mas, aunque a muchos les duela / su corazón es aún mío”.  Otro ejemplo lo podemos notar en la décima LIX, en la cual se cuestiona el encierro en épocas de pandemia; aquí el poeta recurre a una frase y a un personaje conocidos de la novelística de Mario Vargas Llosa: “DESPERTÓSE, Zavalita, / en un Perú inesperado, / todo mundo enclaustrado, / misma monja Carmelita. / El país que ahora habita / “ya no se ve tan jodido”, / pensó, antes de haber leído / tanto descaro y ruindad, / la nueva normalidad / le cogió desprevenido”.

Por otro lado, considero también que el humor es un tema central y característico del libro. Un humor untado de grandes dosis de ironía, lo cual permite abordar los contenidos presentados con cierta profundidad reflexiva. Aquí podemos citar la décima LX, en la cual se mudan convenientemente los gustos musicales modernos por composiciones musicales clásicas: “CON ESTRÉPITO escuchaba / un grosero reguetón, / sin importarme un pichón / si a un vecino despertaba. / Cuando vi que se asomaba / serenazgo por la esquina, / le bajé a “La gasolina” / y cambié a otra tonadilla: / El barbero de Sevilla / también tiene adrenalina…”. En esta otra décima el drama de la pandemia es curada con humor: “SOÑÉ UNA gripe mutante / que en una calle desierta, / andaba de puerta en puerta, / buscando un cuerpo vacante. / Al llegar al restaurante, / acecha a los comensales, / y al verla uno de los tales, / le dice con tono ameno: / -Comiendo en la tía Veneno, / ¡vacunadísimo sales!”.

Por último, un elemento paratextual como el lugar y fecha en el que fue escrito cada poema es de suma importancia para los estudiosos de la literatura. Sin embargo, en el caso de Decimario este elemento paratextual pasa a formar parte del texto lírico, pues nos permite entender, como información complementaria, el contexto histórico que motivó la escritura de las décimas. Por ejemplo, los textos que hablan sobre la pandemia están fechados entre marzo de 2020 y setiembre de 2021. El que desarrolla el tema de la Navidad nos ubica en un 24 de diciembre de 2020. Las décimas que tratan sobre el proceso electoral se encuentran registrados entre marzo y abril de 2021. Y así con cada uno de los apartados temáticos.

Sin duda, Decimario, de Cristhian Cárdenas Beramendi, es una de las gratas apariciones en el panorama actual de la poesía peruana. A esto se le suma su característica de extrañeza, pues se trata de décimas, uno de los géneros populares y de inventiva oral, y que ahora el autor nos entrega como parte de la poesía escrita, pero sin perder su esencia sabrosa, de barrio y musical. He ahí su doble importancia.

César Olivares Acate

 

Referencias

 

Beramendi, C. (2022). Decimario. PanÓptico.

Santa Cruz, N. (1982). La décima en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos. https://repositorio.iep.org.pe/bitstream/handle/IEP/645/miscelanea2.pdf;sequence=2



[1] Información extraída del libro La décima en el Perú, de Nicomedes Santa Cruz, y publicada por el Instituto de Estudios Peruanos en el año 1982.

Saturday, August 22, 2020

La novela de la prisión

 La novela de la prisión (primer acercamiento)


La novela de la prisión es aquella producción narrativa que direcciona sus recursos estilísticos y temáticos en retratar el universo carcelario. La cárcel, dentro de la narrativa peruana, mayormente se presenta vinculada al testimonio político. Para realizar un estudio de la literatura carcelaria se debe tener en cuenta el espacio en el que fue concebida la obra, pues al tratarse de una prisión, su proceso de creación se encuentra contextualizado por un ámbito marginal y periférico, excluido del centro conservador y civilizado[1]. Por lo tanto, constituye un espacio prohibido y desautorizado para la elaboración de discursos oficiales, pero no incapaz de ser representado en la diégesis ficcional de un texto narrativo. Esta información es importante, pues nos sitúa en los lugares en los que se produce este tipo de literatura, los mismos que pueden ubicarse tanto al interior (in situ) como al exterior de la prisión (ex situ). Sin embargo, también existen textos creados entre el adentro y el afuera de la zona de reclusión. Estos presentan diferencias marcadas. Según Casado (2016), cuando la escritura se produce dentro de la prisión, esta regularmente procede de un acto impulsivo, delirante y furioso; en cambio, cuando el proceso creativo se produce fuera del espacio carcelario, esta se torna un acto exorcizador y curativo (46).

Por otro lado, resulta importante precisar que la literatura gestada al interior de la prisión forma parte de un campo marginal y clandestino, en el cual el autor toma y valora todos los elementos que le permitan desarrollar su escritura (cartones, servilletas, papel higiénico, sábanas, etc.), urgido por transmitir un mensaje. Por otro lado, la escritura desarrollada fuera del espacio carcelario tiende a convertirse en una escritura testimonial, con ánimos reivindicativos y de denuncia, que busca perennizar un mensaje para las demás generaciones.

A nivel latinoamericano, la novela de la prisión cuenta con una rica tradición en obras y cultores. Una de las primeras novelas del siglo XX que se ocupó del tema carcelario es Puros hombres (1938), del poeta y narrador venezolano Antonio Arráiz. Otro texto importante que sigue la misma tradición es Hombres sin mujer (1938), del novelista cubano Carlos Montenegro. El narrador ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco desarrolla la misma problemática en su novela Hombres sin tiempo (1941). Los narradores chilenos María Carolina Geel y Volodia Teitelboim mostraron toda la crudeza de su reclusión en sus testimonios Cárcel de mujeres (1956) y La semilla en la arena (1957), respectivamente. Una obra importante de la literatura mexicana que se configura dentro de esta tradición es El apando (1969), novela que José Revueltas publicara desde la cárcel. Por otro lado, el costarricense José León Sánchez recrea el mundo de la prisión que le tocó vivir cuando fue condenado a cadena perpetua en La isla de los hombres solos (1969).

Resulta interesante afirmar que todos los autores citados en el párrafo anterior han sufrido de cárcel y persecución política en cada uno de sus países. En este sentido, la prisión se evidencia como experiencia necesaria que impulsa una creación testimonial que busca trascender el espacio carcelario. Por otro lado, demás está decir que las novelas mencionadas encuentran su génesis en las constantes dictaduras que asolaron al continente latinoamericano desde las primeras décadas del siglo XX. Por lo tanto, cabe afirmar que la prisión es tratada como la representación metafórica de un contexto histórico concreto, el cual puede ser rastreado a partir de los diferentes elementos enunciados en la realidad representada. 

En la literatura peruana no son muchas las novelas que abordan el horror de las cárceles visto desde adentro, es decir, narrado a manera de testimonio por los propios internos, quienes desempeñan los roles principales de los hechos que se cuentan. Un corpus importante para este tipo de novelística estaría conformado por Hombres y rejas (1937), de Juan Seoane; La prisión (1951), de Gustavo Valcárcel; El sexto (1961), de José María Arguedas; Los hijos del orden (1973), de Luis Urteaga Cabrera y Las cárceles del emperador (2002), de Jorge Espinoza Sánchez. Nuestro estudio buscará dialogar con el mundo representado de Hombres y rejas, La prisión y El sexto, pues, a parte de ser anteriores a Los hijos del orden (detalle valioso que nos permitirá rastrear alguna influencia en la concepción de la novela), desarrollan historias que no se apartan de la línea temática planteada por el texto de Urteaga Cabrera –pero con marcadas diferencias que luego se explicarán- y que se aproximan al espacio carcelario desde distintos lugares de enunciación.

La primera edición de Hombres y rejas (1937), de Juan Seoane, fue publicada en Chile por la editorial Ercilla, y cuenta con el prólogo de Ciro Alegría. Esta novela narra el encarcelamiento injusto y los duros tratos a los que son sometidos un grupo de presos políticos en una cárcel de Lima. Aunque no posee logros estéticos y estilísticos destacados, se trata de un valioso testimonio que sirve para conocer la realidad carcelaria a los que eran sometidos los presos políticos durante el gobierno de Luis Sánchez Cerro[2]. Si bien es cierto esta novela viene a ser un antecedente temático importante de Los hijos del orden, pues trata el mundo inhóspito de las prisiones, no parece tener mayor influencia en el mundo representado de la novela que estamos analizando. Al respecto, me propongo señalar dos ideas que sustentan mi punto de vista. Por un lado, Hombres y rejas narra el tormento de presos políticos que han sido encarcelados por ser peligrosos para la estabilidad de un régimen; entonces, a nivel de constitución de personajes estamos ante sujetos adultos que conocen sus derechos, por eso el trato que se les brinda difiere del que se les otorga a los presos comunes. La otra idea que es importante precisar es que, producto de este trato diferenciado, el preso político tiene derecho a pensar, reflexionar y evaluar su futuro, lejos de la desesperación, como quien sabe que tarde o temprano el sufrimiento terminará. En este sentido hasta se percibe una óptica positiva de la prisión:

 

Han pasado muchos meses y han sucedido muchas cosas. Se desglosan los días y a través de las rejas de nuestros calabozos seguimos leyendo el libro negro de la vida. Se fue el dolor y la inquietud se fue también. La sujeción de las rejas no doblega: educa. Frena la desesperación. Quince meses aislados en las celdas; sentir despeñarse los días cargados de sucesos. La angustia, algo a lo que debe parecerse la agonía, temblaba a veces en nosotros, y nunca pudimos salir al encuentro de una noticia, ni calmarnos en la precipitación de ir a buscar más lejos la verdad de cada acontecimiento. Todo ha tenido que esperarse con la paciencia encadenada a la celda. (1937:188)


A diferencia de lo señalado en el texto de Seoane, el mundo representado de Los hijos del orden brinda una realidad completamente distinta y desoladora. En primer lugar, no es un texto exclusivamente carcelario, pues desarrolla otros tópicos igualmente importantes. Las personas privadas de su libertad no son adultos, sino niños; no son letrados, sino analfabetos; no conocen sus derechos, y si los conocieran tampoco serviría de mucho, pues no tienen voz ni representación legal. En segundo lugar, estos niños y adolescentes también reflexionan acerca de su destino en la prisión, pero con la certeza de que solamente saldrán de allí muertos, debido al salvajismo -producto de las represiones- con que los tratan en el centro de rehabilitación.

En la novela La prisión (1951), Gustavo Valcárcel continúa con la línea del realismo político planteado por Seoane. El estilo de Valcárcel es más artístico y el manejo de los personajes es más logrado. Esta novela presenta la narración testimonial de su autor, recluido en prisión debido a razones políticas. A diferencia de la novela de Seoane, La prisión ya no se preocupa solamente por representar la realidad de los presos políticos y de denunciar a un determinado régimen, también extiende la comprensiva mirada hacia los demás pabellones en donde se encuentran los presos comunes, sumidos en un mundo violento y repugnante.[3]


En la madrugada, Froilán es asaltado por dos sombras en la escalera de caracol. Le amarran un trapo en la boca y lo arrastran hacia una de las celdas del primer piso. En el camino le van sacando el pantalón y palmeándole las nalgas. Se oye un ruido bucal que pugna por salir y... nada más. Antes de las seis de la mañana, Foilán arrastra su cuerpo, como un reptil, por la escalera de caracol y con dirección al tercer piso. Sus fundillos están rojos de sangre y húmedos de semen, los ojos nublados por el llanto, las manos arañadas por la lucha. Sólo musita: No lo creo-. Y el mundo sigue girando. (1951: 17)


A pesar de que se trata de una novela que temáticamente se encuentra en la misma línea que el libro de Seoane, la novela de Valcárcel posee elementos referenciales de abyección y perversión que lo acercan al mundo representado de Los hijos del orden, aunque no es antecedente directo de esta última. Una gran diferencia la constituye el tipo de prisión y la edad de los sujetos recluidos.

El Sexto (1961) es una novela de José María Arguedas que cuenta las duras experiencias de Gabriel, preso político y alter ego del autor, durante su encierro en la conocida cárcel limeña cuya denominación le da el título a la publicación. En esta novela, Arguedas narra su experiencia carcelaria sufrida en esta prisión entre 1937 y 1938. A pesar de ser un texto que también se enmarca dentro del realismo político, El Sexto se diferencia de las novelas anteriores por ocuparse de otros tópicos iguales o más importantes que el político. 

El Sexto fue una prisión edificada en tres pisos o niveles conectados entre sí, horizontalmente por puentes o pasadizos. Las celdas semejan nichos por su disposición vertical y por su apariencia a bóvedas de cementerio. Esta estructuración de la cárcel parece obedecer a criterios culturales y excluyentes, pues los denominados presos políticos se encuentran confinados en el tercer piso y conforme se va descendiendo de niveles se podría decir que también va descendiendo la “calidad” de los prisioneros (el segundo piso está destinado para los presos comunes y en el primer nivel se ubican los prisioneros de mayor peligrosidad, entre los que se encuentran homicidas, violadores y proxenetas). Gabriel, personaje principal de la novela, tiene libertad para transitar por los diferentes niveles de la prisión y conocer los distintos problemas que aquejan a otros reos. En tal sentido, puede narrar los horrores y abusos que ocurren en el primer piso, y cómo la corrupción de las autoridades penitenciarias terminan por permitir y generalizar el “reinado” de algunos crueles y sanguinarios cabecillas. 

La realidad representada en Los hijos del orden del orden de Luis Urteaga Cabrera le debe más a El sexto, de José María Arguedas, que a las dos novelas anteriores, pues trata tópicos como la migración, la prisión, la perversión y la abyección entre sus referentes principales. No obstante, la edad de los prisioneros en la obra de Urteaga (todos menores de edad) y el tipo de prisión que contiene los principales acontecimientos (se trata de un centro de rehabilitación), hacen de Los hijos del orden una novela insular dentro del panorama narrativo de la literatura peruana del siglo XX.

Por lo tanto, podemos concluir que el mundo carcelario representado en la novela Los hijos del orden la convierten en una novela insular dentro de la literatura peruana, debido a que no existe ninguna otra obra -hasta donde se ha investigado- que aborde el universo abyecto de la prisión reformatorio y el destino de sus protagonistas. Actualmente, en la narrativa del norte del país se vienen publicando novelas que recrean vivencias delictivas de menores de edad y que buscan insertarse en el mundo subjetivo de sus protagonistas. Una de ellas es la denominada Cachorro, del excelente narrador trujillano Charlie Becerra Romero, texto que, sin duda alguna, merecerá una lectura independiente.


Referencias bibliográficas

CASADO, Ana. Escritura entre rejas: literatura carcelaria cubana del siglo XX. Universidad Complutense de Madrid, 2016.

ABANTO, Luis. “Espacio carcelario y no-discurso del otro marginal en Los hijos del orden de Luis Urteaga Cabrera”, en: Intermezzo Tropical, n.° 3 (2005), pp. 51-58.

URTEAGA, Luis. Los hijos del orden. Lima, Mosca Azul Editores, 1973.



[1] Recuérdese que las cárceles fueron construidas en las afueras de la ciudad. Ahora, con el crecimiento demográfico y las necesidades de vivienda, las distintas prisiones han terminado de manera paradójica casi en el centro mismo de la urbe.

[2] Hombres y rejas es un texto importante de la narrativa política del Perú. Se trata de un testimonio del propio Seoane, condenado a muerte por ser opositor al régimen de Sánchez Cerro. Esta novela fue escrita en poco más de dos meses, que constituyen la fecha de prisión y sentencia de Juan Seoane hasta la  fecha en que se le conmutó la pena  y se lo echó del país.

[3] La narración de esta realidad es complementada de manera magistral por José María Arguedas en su novela El Sexto.

Wednesday, February 26, 2020


Apuntes en torno al poemario El libro de los fuegos infinitos, de James Quiroz


De modo arbitrario, pienso que los poemarios o colecciones de poemas, por más breves que estos sean, deben demandar del lector un abordaje atento en el cual este reconozca y problematice sus emociones y pueda, además, conmoverse a partir del diálogo con todo tipo de referentes que el texto ofrezca, digo, si los versos están en condiciones de plantear esta experiencia. Por tal motivo, dudo mucho de los libros de poesía que pueden ser leídos de un solo tirón. A la buena poesía siempre se retorna, y de manera lenta, pues cada lectura significa un descubrimiento y disfrute constantes.

El libro de los fuegos infinitos (Celacanto, 2018), de James Quiroz, es un poemario breve de cincuenta páginas, conformado por veinticinco poemas de diferente factura, variada temática y disímil extensión, el cual, afortunadamente, no pude terminar de leer de un solo tirón. Debo confesar que me llevó un tiempo más que prudencial pasar de un poema a otro, esto debido a los tópicos que desarrolla y los referentes culturales e interculturales que recrea el autor en casi todos los textos de este libro. El poemario se caracteriza por no presentar el desarrollo de una sola línea temática, lo cual puede verse como un recurso deficiente en libros breves de poesía, sin embargo, tras una lectura atenta, planteo tres apartados de fuegos infinitos propuestos por el autor, y que son transversales a toda la extensión del texto: a) Testimonio existencial y cotidiano del yo poético, b) Nostalgia por referentes culturales prehispánicos, y c) Construcción de una poética del desencanto.


a.    Testimonio existencial y cotidiano del yo poético

Si bien es cierto toda poesía brinda un testimonio existencial del paso de su autor por diversos avatares, no cabe duda de que el contenido del verso se torna más auténtico cuando en el testimonio se conjugan situaciones que parten de experiencias desgarradoras de su creador y llegan a ser expresadas en grandes productos estéticos. Solo así el poema estará en condiciones de conmover, debido a su verosimilitud, y generar una empatía literaria con el lector (el famoso pacto ficcional, propuesto por Coleridge). En este sentido, Quiroz emplea los versos largos y de ritmo caudaloso para enunciar su testimonio, una confesión reconocible que parte de lo cotidiano. A esta primera parte de su testimonio existencial pertenecen los siguientes textos: “Baladas de los hombres audaces o instrucciones para no morir”, “Un tatuaje en la piel de los incendios”, “Poema ardiendo en la niebla”, “Poema con infancia en la garganta”, “Poema escrito en cables de alta tensión”, “Un soberbio solo estalla en el enjambre de estrellas fugaces” “Wild Is The Wind” y “Madre”.

James Quiroz emplea, para lanzarnos sus fuegos infinitos en este primer apartado, tanto la poesía en verso como en prosa, pero es en el verso donde consigue brindarnos con mayor fidelidad su mensaje. Elige como voz del poema a un enunciatario un tanto desencantado de su propio acontecer. Este yo poético tiene que reinventarse, configurar una nueva existencia a partir de los cambios que experimente en su vida, pero sin olvidar sus raíces: “Tu nombre ha sido limado de la placa escolar. Tienes que empezar de nuevo, vibrar // Aprende a recordarte. A escoger las piedras que levantarán tu fuerte” (p. 8). Sin embargo, lo que sí debe olvidar son las experiencias negativas que no le dejan crecer, “esos venenos” (p. 9) que impiden plantearse nuevas vivencias.

Por otro lado, en este tópico del testimonio, el yo poético asume la vida de modo desencantado, como un “Carnaval de rostros mutilados/ Incendio desafinado de truenos” (p. 10), como alguien que acepta “el vino y la carroña” (p. 10), pero que, sin embargo, en medio de tanto desconsuelo, ha decidido no dejarse vencer, pues invita a la existencia misma a temerle: “¡Tiemblen! ¡Es un hombre a quien enfrentan!” (p. 10). En esta parte también se muestran ciertos rasgos de determinismo, pues le endilga a los hombres la visión griega del destino, lo cual hace casi imposible que el sujeto se ocupe de su propio porvenir, pues lo despoja de toda capacidad de agencia: “Estoy en el camino. A medida que me acerco me alejo y he oído que los dioses sujetan la mano del titiritero” (p. 13).

Para finalizar con este apartado, diremos que los demás poemas seleccionados para el tópico del testimonio existencial no se alejan mucho del discurso analizado. En tal sentido, es un tema recurrente en la poesía peruana desde la década del 70 hasta la actualidad. Lo que hace singular la propuesta de Quiroz es que los límites entre el verso y la prosa se difuminan en sus poemas. Pero esto no confunde al lector, al contrario, le configura un reto que le obliga a dialogar con sus propios criterios estéticos.


b.      Nostalgia por referentes culturales prehispánicos

Este apartado se caracteriza por presentar una poesía cargada de referentes culturales e interculturales de variada índole. Se entiende por poesía intercultural a aquella que es capaz de sostener un diálogo con las producciones simbólicas de la realidad aludida, llámase música, danza, lengua, arquitectura, etc. La gran mayoría de alusiones interculturales en los poemas que vamos a citar se inclinan por la nostalgia hacia el pasado prehispánico, aunque no debe dejar de mencionarse a referentes literarios y musicales de occidente. El tópico de los referentes culturales en El libro de los fuegos infinitos se encuentra conformado por los siguientes textos: “Mi piel es una continua explosión de astros moribundos”, “Poema para ser bailado en carnavales”, “El fin también será nuestra canción”, “Visión de Pacatnamú”, “Chimú Cápac vuelve a su devastado reino (en bus desde Cajamarca)”, “Sacrificio”, “Los futuros desiertos” y “Balada del mar embravecido”.

Quiroz se vale de un yo poético que siente nostalgia por su pasado histórico. Su discurso, sin embargo, no le impide ser crítico con los momentos de barbarie. Al contrario, se reconoce hijo de la violencia, pues solo así una cultura puede someter a la otra, o al menos invisibilizarla, desligitimarla: “Cuánta sed inundó los campos de estiércol. El fuego perpetuo de los dioses arderá en nuestra dura travesía y los cuernos seguirán sonando en el yermo campo de batalla. Y tu voz ensangrentada, amigo, será leña para mis ágiles despojos” (p. 11). El yo poético se reconoce producto del mestizaje, y asume su visión de cronista de la siguiente manera: “Mi voz es el cancionero extraviado de los moros, arde en la escritura extinguida de los muchiks” (p. 11). Luego se presenta como parte de los vencidos, pero orgulloso de sus ancestros: “Un río rojo inunda el poema que se escribe con las pieles de los guerreros chimús que fueron mis ancestros: No queremos nuevos dioses, escupió Minchancaman sobre el joven príncipe, antes de ser esposado con la hermana de su enemigo” (p. 12). 

En este mismo sentido, es interesante el sincretismo religioso que presenta el texto “Visión en Pacatnamú”. En este poema en prosa el yo poético problematiza la práctica de la idolatría tanto del lado monoteísta como del panteísta, ante lo cual se constituye como un sujeto escindido en la fe. Por esta razón, nos describe una visión determinista de la vida: “La vida terrenal fue una trampa urdida por los dioses. LLegamos después de los batracios que se escondieron en el árbol del deseo” (p. 23). Entonces los dioses, cualquiera sea su filiación, sojuzgan, subalternizan y basurizan. La libertad, para el poeta, solo se consigue si uno logra desembarazarse de ellos.

Mención aparte merece el poema “Los futuros desiertos”, en el que el yo poético  describe sus constantes migraciones y cita parte de sus lecturas compartidas con sus compañeros universitarios. Se menciona, por ejemplo, a Ungaretti, Pablo Guevara,Whitman, Rimbaud, Pound, Pizarnik, De Rokha, Hölderlin, Vallejo, Pavese, Baudelaire, Dante, Mahfud, Neruda, Churata, Borda. Demasiada belleza, según el propio poema. No obstante, “La belleza es destrucción y es el camino exagerado de la mente” (p. 43). Por esta razón, el poeta se condena.

Vale aclarar que las referencias interculturales han sido muy empleadas en la poesía peruana del siglo XX. En la poesía liberteña también podemos darnos cuenta del empleo de este recurso que busca dialogar con diversos referentes para otorgarle peso contextual y asidero ambiental a la poesía. Muestra de ello es el trabajo realizado por Ángel Gavidia, Bethoven Medina y Robert Jara, con disímiles resultados. No obstante, las referencias interculturales halladas en los poemas de James Quiroz no buscan problematizar hechos históricos, sino que es un recurso del cual se vale para armonizar diversos mundos representados en el poemario.


c) Construcción de una poética del desencanto

Esta construcción la realiza el poeta de modo transversal en varios de sus textos. Los poemas de los que me he servido para proponer la poética del desencanto son los siguientes: “Poema para liberar a un albatros”, “El fuego en la lengua”, “Poema escrito en el lomo de un equilibrista”, “Y en todos los mares sea la fiesta de la poesía”, “Para bajarle los humos a la poesía”, “Poema par armar/ Telegrama para Xavier Abril”, “El sol de los crepúsculos”, “Y poesía es lo que siento mientras escribo”. En estas creaciones, el yo poético esboza su visión de la vida a partir de la forma en que asume la poesía. 

La poética del desencanto es una visión propia del sujeto juvenil. Como construcción social, este se asume en la obligación de problematizar y censurar todo lo obsoleto en cualquiera de sus ámbitos: social, político, económico, cultural, histórico, etc. La poética que propone James Quiroz se encuentra inmersa en estas motivaciones de la insurrección del subjetivismo juvenil y sus utópicos arrebatos. Por ese motivo, elige un yo poético que denuncie la imposibilidad fáctica de hacer poesía en el país, a pesar del talento y la belleza, y vivir de ella. Tal vez ahora entiendo la razón por la que el autor escribió el siguiente paratexto en la solapa del libro que analizamos: “Este libro es un regalo para los lectores. Su distribución es gratuita”.

En el poema titulado “El fuego en la lengua”, el yo poético manifiesta: “Y cantaré hasta que la muerte invada mis párpados con su ejército inútil desesperado” (p. 17). La poesía es canción, la canción es movimiento, el movimiento es vida. Solo la poesía puede hacer que el ejército de la muerte pierda la calma y la confianza en sí mismo. Puede morir el poeta, pero no su voz. Sin embargo, el desencanto viene al “Imaginar que la melancolía de la soledad es el lugar común de los poetas que ansiaron la luz en una lámpara vacía” (p. 17). Por otro lado, cabe cuestionarse junto al yo poético por la utilidad de la poesía. Entonces no cabe más que la desilusión de entregarse al trabajo creador en un país que no valora este bello oficio. Una muestra ocurre en el poema “Y en todos los mares…”, donde nos dice lo siguiente: “Puedo escribir en el cielo en las estrellas o en las cordilleras eso no es tan difícil la verdad lo difícil es que las cordilleras se despisten y canten y en todos los mares sea la fiesta de la poesía en los amados vértigos” (p. 21). Por lo tanto, ¿qué se puede hacer en esta realidad negativa? ¿Contra quién nos mostramos renuentes? ¿Hacia quien descargamos nuestra frustración? El poeta, con cierto determinismo, asume que la salvación radica en la fe y en la nueva forma en que Dios entienda la justicia: “Todo será poesía cuando agonice el último poeta/ y todo se pinte de un nuevo color la mano de dios” (p. 21). 

Para finalizar, el poema “El sol de los crepúsculos” presenta una marcada poética de la desilusión. Cuestiona el verdadero trabajo del poeta. ¿Su intención es solo mostrar la decadencia? Uno de los versos de este texto dice “Hermosas ruinas profetizaba el poeta” (p. 33). Y si así fuera, ¿cuál sería la trascendencia de su trabajo poético?, si ya no hay coyuntura, si los bardos ya no cantan las injusticias, si “Los poetas se fueron a la guerra en el jardín de su casa” (p. 33) En las líneas posteriores se nos brinda un verso que representa la visión de toda esta poética, pues si “No hay apostillas para la barbarie me niego a escribir un poema” (p. 33). Nada más que decir.


Conclusiones

1. El libro de los fuegos infinitos de James Quiroz es un poemario breve que, a pesar de no profundizar el desarrollo de una unidad temática en particular, no debe pasar desapercibido para la crítica literaria nacional, pues se trata de un producto estético que presenta los buenos oficios de su autor. Los poemas que conforman este libro se sostienen en un punto medio entre la lírica y la épica. Sus figuras son novedosas y el tratamiento variado de sus temas quedan entre la propuesta y la sugerencia.

2. El poemario analizado es esencialmente ecléctico en su concepción y en su temática. Se encuentra escrito en verso y en prosa. Su contenido hilvana testimonio, reflexión, ensayo, emplea referentes interculturales que enriquecen el discurso del enunciatario y propone una poética propia de un determinismo existencial que parte de una visión desencantada de la realidad. Un referente inmediato para la variedad de recursos estilísticos empleado en el Libro de los fuegos infinitos lo encontramos en la poética propuesta por el gran Pablo Guevara en ese poemario monumental denominado Un iceberg llamado poesía.

3. Debido a la presencia del determinismo en las tres estancias analizadas del libro, concluimos que James Quiroz emplea en su poemario el lenguaje de la desesperanza. Asumo que le viene bien por el mundo representado en sus poemas. Sin embargo, el hecho de brindar a su creación una apertura temática mayor, debió otorgarle mayor dinamismo al lenguaje. Esto imposibilita muchas veces que la reflexión llegue a consolidarse en algunos de los textos analizados.

César Olivares Acate

Referencias

Quiroz, J. (2018). El libro de los fuegos infinitos. Lima: Celacanto.


Saturday, November 02, 2019

Apuntes en torno a Perra memoria, cuentario de José Lalupú Valladolid

Introducción

Perra memoria (Lengash, 2019), es un libro de cuentos del escritor y docente universitario José Lalupú Valladolid, texto que ya ostenta su tercera edición (las dos anteriores han aparecido bajo el mismo sello editorial en los años 2015, 2016). Este libro ofrece seis historias: “Perra memoria”, “Celebración de la muerte”, “Ñañañique”, “Etemenanqui”, “Dórica y el cepo” y “El maestro de literatura”. La denominación del primer texto le otorga título al cuentario, lo cual es un acierto, pues en el mundo representado de sus relatos el recurso de la memoria es un elemento importante para establecer el pacto ficcional con el lector, y, además, para determinar la verosimilitud de lo narrado. A continuación, ofreceré una lectura de cada texto que conforma este libro.


Infortunio y oralidad en “Perra memoria”

Este primer cuento aborda la trágica historia de amor entre una pareja de estudiantes universitarios. Es un cuento escrito desde el plano del testimonio, el cual se presenta cargado de cierta culpabilidad por parte del narrador, pues se dirige en todo momento al recuerdo de una muchacha muerta. La historia aumenta su punto aciago en el hecho de que el único testigo del amor que se profesaba la pareja era un perro al que habían llamado Barroco, mascota que hasta cierto punto representa el destino de los jóvenes enamorados. Cuando la protagonista decide curar al perro de una sarna agresiva y le arroja ácido en vez de un líquido refrescante sobre el lomo, el narrador, para ahorrarle el sufrimiento al animal, resuelve matarlo de una gran y certera pedrada. La muerte del perro es simbólica en el mundo representado, pues constituye el origen de una serie de desencuentros entre la pareja.

El cuento posee un buen ritmo narrativo, recurso que le permite al autor presentar los hechos de manera fluida. Este acierto también se aprecia en la utilización de un lenguaje eminentemente oral. Sin embargo, llama la atención el empleo de un elemento intertextual, escrito en cursivas, que trata sobre la costumbre que ha tenido el hombre de comer carne cruda, y cómo esta necesidad de alimento se relaciona con la posesión sexual. Este recurso narrativo, siempre bajo mi lectura, no le aporta al desarrollo de la historia. Su presencia en el texto no contribuye a complementar la trama ni a darle un giro al desenlace, lo que es usual cuando se recurre a este tipo de estrategias.

Lo carnavalesco en “Celebración de la muerte”

En este cuento el plano de la realidad es llevado a la ficción. El mundo representado de la historia tiene como leit motiv el partido entre Cienciano y Boca Junior, acontecido en el 2004, con resultado favorable al equipo cuzqueño, el cual lo convirtió en el campeón de la Recopa sudamericana de ese año. En un principio, como se trataba de hechos conocidos por todos los aficionados al fútbol, pensé que la narración iba a caer en lugares comunes y que el desenlace no iba a pasar de una anécdota divertida. No obstante, la pericia narrativa de Lalupú orienta tanto el desarrollo del cuento como su desenlace en otra dirección, a lo absurdo, a la locura que produce el fanatismo. En este cuento, se observa una crítica subyacente a la exacerbación y las acciones de violencia que es capaz de propiciar un partido de fútbol. La historia ocurre en un bar y tiene un desenlace de muerte y destrucción.

En este cuento llama la atención la presencia de lo carnavalesco, categoría propuesta por el crítico y filósofo ruso Mijail Bajtin en su libro La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. De acuerdo con este planteamiento, la literatura adopta características del carnaval cuando se ocupa de temas profanos: el sexo, la bebida, el jolgorio, la locura y la irresponsabilidad. Lo considerado serio o socialmente sagrado es dejado de lado en este tipo de representación. No obstante, los temas comunes o cotidianos se desarrollan desde una perspectiva crítica. Esto es, precisamente, lo que se observa en “Celebración de la muerte”. La historia muestra la profanación de un elemento considerado sagrado por un gran número de personas: el fútbol. Este deporte es representado con grandes dosis de barbarie. En el bar del Gato Álvarez se observa una caterva de seres de diversa procedencia; el fútbol los hermana y el fanatismo los caíniza.

Uno de los logros evidentes de este cuento es el acertado contrapunto que hace el narrador entre su discurso como cronista del partido y su propia enunciación como testigo de los hechos:

Ahora sí el árbitro se enoja y hace el ademán de querer expulsar a alguien, pero el resto se le adelanta y vuelven a sacar a patadas a los borrachines. El público aplaude el fair play, pero no es tiempo de bromas: Cienciano está abajo en el marcador. El Gato quiere hacer una movida rara al momento de cobrarle unas cervezas al Ronco Raymundo, pero le sale mal la jugada y de esto aprovecha el capitán xeneise Diego Cagna que lanza un furibundo remate directo al arco y que por suerte chocó en el travesaño. El alma nos volvía al cuerpo mientras el Ronco se arreglaba a las buenas con el Gato (pp. 31-32).

El desenlace de la historia nos remite a Explicaciones a un cabo de servicio, de Julio Ramón Ribeyro, pues presenta el mismo final.


“Ñañañique”

Este es un cuento que pudo haber corrido mejor suerte si el autor lo hubiese trabajado en el formato de novela corta. Hay varios hilos argumentales en este texto, pero el narrador se inclinó por uno de ellos: la historia de una tóxica relación de pareja y su desenlace surrealista. Eliana y Albert se conocieron en el colegio, al terminar la secundaria se separaron por motivos de estudio y diez años después volvieron a encontrarse en la ciudad donde se vieron por primera vez. Eliana atiende una ferretería familiar y Albert es un ingeniero civil de personalidad conflictiva. Consumidor de drogas y místico creyente de abducciones extraterrestres, se le acusa de ser el principal sospechoso de la desaparición de su expareja. Eliana se entera de estos hechos de manera paulatina. Cuando quiere escapar, ocurre un final inesperado. El mérito del cuento, una vez más, se encuentra en el oficio del autor para hilvanar historias; sin embargo, a nivel de estilo y estructura, el cuento presenta algunos descuidos.

Uno de estos deslices radica en el cambio abrupto de narrador. La historia, en líneas generales, presenta un narrador extradiegético, el cual puede, debido a la naturaleza de su mirada, acceder a todos los rincones de la historia y a la mente de los protagonistas. El texto también recurre al tradicional diálogo precedido de los clásicos guiones. Hasta aquí se trata de un relato que presenta de manera acertada los hechos y es congruente con su propuesta narrativa. Sin embargo, llama la atención descuidos como los siguientes:

Ella nunca lo olvidó, sería tal vez porque nunca dejó la pequeña ciudad que había sido el escenario de su amor. Aunque no había estudiado una carrera, tenía éxito administrando la ferretería de la familia. Albert terminó la carrera y se tituló de ingeniero civil; volvió a para trabajar en la Municipalidad de Chulucanas. No volvió a hablarme, era como si me hubiera borrado no solo de su presente, sino también de su pasado. Montado en una enorme motocicleta, yo lo veía todos los fines de semana…” (p. 43, las negritas me pertenecen).

En este breve fragmento se mezcla el narrador extradiegético con el intradiegético (lo mismo ocurre en las páginas 46, 54 y 59), pues Ella (tercera persona) y los pronombres en primera persona se refieren al mismo protagonista. Cabe precisar que el texto sí presenta apartados en los que se narra en primera persona, solo en estos casos podría tomarse como una marca de estilo. No obstante, el texto deja la impresión de que se hubiese interrumpido un proceso de actualización de narradores.


“Etemenanqui”, el amor imposible y la Torre de Babilonia

Este es el mejor cuento del libro. El mundo representado no se ubica más en la ciudad de Piura o en sus distritos, sino que ocurre en la lejana Babilonia. Trata la historia del amor imposible entre un esclavo constructor de la torre y Lisbany, una púber doncella que iba a ser entregada a Nemrod, jefe y señor del lugar. Cuando se consuma el amor entre estos dos amantes, las personas que se ubicaban al interior de la torre sufrieron la imposibilidad de comunicarse. Ambos amantes lo descubrieron inmediatamente después de la cópula. Fue el castigo divino. Peor aun que la prisión perpetua para Lisbany y la mutilación de algunos miembros del esclavo.

El texto es interesante porque desarrolla la trama de manera original. Presenta elementos intertextuales que juegan a favor de los intereses de la historia y aplica de manera breve la técnica de vasos comunicantes, con la cual brinda información adicional para entender algunas partes de la trama de este muy bien logrado texto.


“Dórica y el cepo” o el deseo y el castigo

Este cuento narra la forma en que le cambia la vida a un eficiente profesor universitario cuando lo nombran director general del centro preuniversitario de su institución. Este nuevo cargo le significó mejor sueldo, un repentino trato amable y empalagoso por parte de su esposa, la consideración de sus demás colegas y, lo mejor de todo, el hecho de que iba a tener como secretaria personal a la mujer más deseada de la universidad. La historia da cuenta de las distintas vicisitudes que debió pasar Abel Regas para vencer su timidez e intentar ligar con Dórica. El texto plantea la dualidad Dórica y el cepo. En otras palabras, la relación psicoanalítica entre el deseo y el castigo. Abel decide traspasar esta valla, es decir, hacer realidad el deseo y sufrir el castigo. El final carece de verosimilitud, pues Dórica no tiene forma de enterarse de que la esposa de Abel y sus hijos han partido de viaje.


El poder de la nostalgia en “El maestro de literatura”

Este es el cuento más corto de todos. Es la historia de desamor entre dos estudiantes universitarios. Parecería que es una parte de la historia ofrecida en el primer cuento (“Perra memoria”), pues incluso aparece Barroco, el animal callejero que los dos protagonistas de la primera historia adoptaron como improvisada mascota. Al final los personajes sufren un proceso de desencuentros que lleva a ponerle punto final a la relación. Particularmente, pienso que lo que salva a esta historia de no ser una repetición de la primera, es la motivación subyacente del autor al escribir y situar los hechos trascendentes en ambientes universitarios: rendirle homenaje a su maestro de literatura Sigifredo Burneo. Las referencias textuales a otros libros no hacen sino incrementar la importancia del maestro en el aspecto formador e intelectual.


A manera de conclusión

Perra memoria es un libro que evidencia las grandes condiciones narrativas de su autor, pero eso no quita de que sea un cuentario de orquestación desigual. Por un lado, nos brinda la oportunidad de acceder a mundos representados muy bien hilvanados, en los cuales se han aplicado los recursos técnicos con acierto. Sin embargo, también nos ofrece textos que generan cierta desazón debido al manejo del estilo un tanto confuso y al incipiente desorden de su arquitectura narrativa.

Si escribir un buen cuento de por sí ya es complicado, escribir un cuentario donde todos los textos tengan calidad sobresaliente es un trabajo arduo y pocas veces visto, aún en autores consagrados de la literatura peruana y latinoamericana. En ese sentido, Perra memoria ofrece un balance positivo de sus cuentos, pues el lector no puede permanecer indiferente a los universos narrativos propuestos por su autor.


Wednesday, September 19, 2018

Descripción del ama de casa como sublimación de la mujer amada en poemas de Los heraldos negros y Trilce de César Vallejo


Introducción

El presente trabajo de investigación tiene el propósito de realizar una lectura de Trilce, de César Vallejo, desde el punto de vista de las acciones que realiza la mujer amada en tanto madre o pareja. En muchos de los poemas de este libro las amadas/mujeres realizan labores propias del ama de casa: cocinan, lavan, planchan, tejen, cosen, sirven la mesa, etc. Sin embargo, lejos de denigrar a la mujer como un ente subordinado de la cultura machista, las acciones propias de esta mujer dedicada al cuidado del hijo, esposo o pareja la subliman en su ser actuante y paciente, ya que, de alguna manera, cuando el poeta la describe realizando labores domésticas, opera el traslado de la madre que se brinda a los suyos como fuente proteica y espiritual. Es decir, la figura de la madre como ser divinizado (por sus propias acciones dedicadas al cuidado del hogar), se traslada a la mujer/pareja y le otorga también cierta divinidad. Por eso intentamos demostrar, en este breve trabajo, que las acciones propias del ama de casa que realiza la mujer la despojan de su condición terrena y terminan sublimándola. En este sentido, la poesía de Vallejo se aleja, debido tal vez a la importancia que se le otorga a la madre en la cultura andina, de los cánones machistas propios del mundo occidental. Desde el psicoanálisis, esto podría entenderse como una clara manifestación del complejo de Edipo.

En varios poemas de César Vallejo, la imagen de la mujer se encuentra presente como símbolo de unidad de vida, protectora y nutricia. El corpus que hemos seleccionado para este ensayo está integrado por cinco poemas que demuestran convenientemente la hipótesis planteada en esta investigación: “Idilio muerto” (a manera de antecedente, pues este tema se empieza a esbozar ya desde Los heraldos negros y cobran enorme vigencia en su libro posterior) y los poemas “VI”, “XXIII” “XXVIII” y “XXXV” de Trilce. En el presente trabajo se realiza una lectura íntegra de cada uno de los poemas seleccionados, lo que nos brindará una visión completa de cada uno de los textos. Hemos obviado las conclusiones como parte final del trabajo, pues cada poema, en su interpretación y análisis, presenta sus respectivas conclusiones.

El planchado y el futuro incierto en “Idilio muerto”[1]

Idilio muerto[2]
Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!».
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.


(César Vallejo – De: Los heraldos negros, 1919)



Este poema aborda la nostalgia que siente el yo poético por la lejanía de la amada. En la primera estrofa aprovecha la indagación indirecta (“Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita /de junco y capulí”) para presentarnos a la amada como poseedora de los elementos de la naturaleza andina. Resulta peculiar la descripción “junco y capulí”, puesto que con esta figura nos presenta a una mujer esbelta y con aromas a frutos dulces. En el tercer verso, el yo poético se siente cansado y hostigado por la rutina de la gran ciudad (“ahora que me asfixia Bizancio”). Aquí, el término Bizancio simboliza la urbe con sus lujos y ornamentos, semas que lo hacen equivalentes a la gran ciudad griega en la cual basa su connotación. El mismo hecho que el enunciatario del discurso poético se sienta extraño y oprimido en la gran ciudad, lo evidencia como una persona de origen andino. Esto lo manifiesta en versos posteriores.

La segunda estrofa presenta la acción más importante que realiza la mujer/pareja en su rol actuante: la del planchado. Esta labor doméstica encuentra sus antecedentes en la primera estrofa, pues la imagen de la amada es presentada libre de toda vanidad. Y las manos vienen a ser el signo de la sencillez e incluso del arrepentimiento: “Dónde estarán sus manos que en actitud contrita […]”, y son precisamente esas manos tímidas y sumisas las que “planchaban” el futuro del yo poético. Sin embargo, llama la atención que esta acción doméstica se presente envuelta de una atmósfera de exquisita ternura, pues no solamente es el hecho cotidiano de planchar las ropas del ser amado lo que aquí se manifiesta, sino que, a través de esta figura, se describe una situación abstracta: planchar “blancuras”. No se planchan telas, sino blancuras. No simples atavíos del cuerpo, sino ropajes del alma, puesto que el color blanco simboliza pureza, la pureza de un futuro que se torna atractivo, pero a la vez incierto. Sin embargo, las “blancuras por venir” que la amada plancha también podrían referirse a un pasado urgido de borrar, y así poder encarar lo que está por venir, sin las ataduras propias de la nostalgia.

En la tercera estrofa, las indagaciones del yo poético acerca de la amada nos la presentan, nuevamente, como una mujer sencilla, aldeana y natural en el vestir (“Qué será de su falda de franela”). La dulzura de la amada otra vez recae sobre elementos de la flora regional: “[…] de su sabor a cañas de mayo del lugar”. Llama la atención que las indagaciones del yo poético no busquen respuesta alguna. Por el contrario, se vale de estas para brindar información puntual acerca de las características de la amada y del contexto que la envuelve. Según Huamán[3],  esto podría entenderse en el hecho de que la poesía de Vallejo tiene como rasgo esencial el uso de la lengua orientado a la comunicación. Los poemas de Vallejo son actos del habla y se definen, a su vez, como actos lingüísticos específicos: prometer, brindar, abjurar, preguntar. En “Idilio muerto”, el acto de preguntar es superado, ya que en vez de solicitar información, la brinda; “instaura una realidad, su enunciación equivale a la realización de un acto, es el hecho del que habla”[4]. (Huamán, s.f., 187)

Por último, en la cuarta estrofa, el yo poético vuelve a imaginar a la amada dirigiendo la vista al cargado y lúgubre cielo anunciador de tempestad, y tirita de miedo (“Que frío hay… Jesús!”). Lo del cielo caliginoso encuentra su asidero en el término celaje[5], que es lo que Rita contempla con angustia y cierta desesperanza. El último verso: “Y llorará en las tejas un pájaro salvaje”, puede interpretarse recurriendo a la idiosincrasia propia del universo andino, ya que cuando un pájaro salvaje llora en los techos de alguna casa (es muy probable que se refiera a una lechuza, conocida ave de mal agüero en el imaginario popular), es creencia de que algún habitante de esa casa está pronto a fallecer. Aunque también el llanto del pájaro salvaje, en el mejor de los casos, solo podría anunciar la mala suerte que envuelve a una relación amorosa distante.

Con “Idilio muerto”, podemos decir que ya desde Los heraldos negros Vallejo buscaba depositar en las mujeres amadas las características protectoras, tiernas y hasta consentidoras propias de la madre. El complejo de Edipo queda manifiesto: un incesto figurado.



La lavandera del alma en el poema “VI” de Trilce

VI

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera:
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tánto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.
                              Quedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Que mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                            ¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.


Este poema también nos muestra a la amada realizando una acción doméstica en beneficio del yo poético: la del lavado. Se poetiza y sublima esta acción del ama de casa porque se recuerda la labor protectora y complaciente de la madre. Al respecto, Soní (2009), manifiesta que “en la poesía de César Vallejo la figura de la madre ha ocupado un lugar de indiscutible importancia; en su imagen confluyen otras: la de la amante, la de los hijos, la de la tierra y la de toda la humanidad con sus diferentes formas de vida” (167).
                                            
En la primera estrofa, el primer verso se presenta desconcertante debido a su aparente falta de lógica verbal: “El traje que vestí mañana”. Martos y Villanueva (1989), plantean una salida ingeniosa a esta inconcordancia; fundamenta su explicación en la gran capacidad Vallejiana de la condensación:

Si Vallejo –como lo ha probado tantas veces- es un poeta capaz de condensar, y siendo la eliminación uno de los modos de condensar, ¿por qué no pensar que eso ha ocurrido en este primer verso? El verso prosificado quedaría así: El traje que vestí esta mañana (Martos, 1989, 71)[6]

Con esto, concluyen Martos y Villanueva, quedarían resueltos la “incoherencia” y el “ilogicismo verbal”. Es importante subrayar, en esta primera estrofa, que la acción de lavar que realiza la mujer/pareja no se realiza con las aguas comunes que se suele emplear para tal quehacer: el traje del yo poético es lavado con la sangre viva, tierna e intensa de la amada: “lo lavaba en sus venas otilinas”. Resulta interesante el adjetivo –neologismo, qué más da- “otilina”, que proviene del sustantivo “Otilia”. Es común que los adjetivos se sustantivicen, pero es poco probable, gramaticalmente hablando, que los sustantivos adopten el comportamiento de los adjetivos, y más aún cuando se tratan de sustantivos propios. Con este “sustantivo adjetivado” el poeta le otorga un calificativo/ posesivo a esa sangre “chorro de su corazón”, pues se trata de sangre -inherentemente otilina- la que limpia el traje del yo poético, el que, si hacemos una lectura distinta a la de Martos, aún no ha vestido como quisiera. Ante esta abnegada acción de la amada, el poeta tiene miedo de preguntarse si es que su traje se ha mancillado también con lo injusto de su proceder.
                                                                                       
En la segunda estrofa, el yo poético se lamenta de que no haya nadie quien lave sus prendas. Para no desesperarse ante la soledad que lo abruma, evoca a su amada desde el acto de la creación poética y la dibuja con palabras: “en mis falsillas encañona/ el lienzo para emplumar”. Se lamenta de la ausencia del ser amado y su dolor aumenta cuando descubre que todas las cosas de la habitación no le pertenecen, pues por más que permanezcan en su sitio, tienen la marca de la morena bondad de la amada, pues “Quedaron de su propiedad/ fratesadas, selladas con su trigueña bondad”.

En la tercera estrofa, si asumimos el lavado como metáfora de purificación, y la ropa como vestimenta que cubre nuestros órganos, inferiremos entonces que el yo poético extraña a la mujer por su ontológica capacidad de poder purificar el alma, presa de la rutina y automatismo de la vida moderna: “y si supiera qué mañana entrará/ a entregarme las ropas lavadas, mi aquella/ lavandera del alma”. De ahí la esperanza que abriga el poeta del retorno del ser amado, pues más allá de anhelar sus besos o caricias, la necesita porque ella es la que lava; es decir, la que limpia, purifica, desmancilla su cuerpo, sus actos y su manera de ver el mundo. Y la describe feliz de demostrar que, con su acto de lavado, ella puede arreglar el mundo del poeta: “Qué mañana entrará/ satisfecha, capulí de obrería, dichosa/ de probar que sí sabe, que sí puede/ ¡CÓMO NO VA A PODER! / azular y planchar todos los caos”. El yo poético le otorga a la amada el poder de arreglar o reconstruir el mundo desordenado y caótico. Y aquí se suma un verbo más que representa la acción propia del ama de casa: planchar. Con este verbo se complementa la acción que embellece la vida del yo poético, pues la amada finaliza planchando todas las arrugas e incertidumbres de este mundo, víctima de la modernidad. Pareciera que ante la ausencia del ser amado, que realiza las labores del hogar, el poeta vive en un estado de orfandad, angustia y sufrimiento.

Acerca de las mayúsculas finales del poema, Martos y Villanueva perciben el rol[7] de la amada como decisivo, pues “la muestra triunfante, satisfecha y, aún más, dichosa de cumplir su papel, de ayudar, de azular y planchar todos los caos. Las mayúsculas finales implicarían fe, seguridad” (1989, 72). Fe y seguridad que, con esta acción doméstica, mejora el universo del poeta. En otras palabras, con esta acción propia del ama de casa, la mujer está lejos de ser presentada desde una óptica machista, pues es sublimada en su proceder y termina sublimando también el mundo del receptor, pues presenta una acción doméstica como sagrada, por el simple hecho de ser desempeñada por la mujer amada.


Orfandad y miseria de amor en XXVIII de Trilce

XXVIII
He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas,
cuando habrase quebrado el propio hogar,
cuando no asoma ni madre a los labios.
Cómo iba yo a almorzar nonada.

A la mesa de un buen amigo he almorzado
con su padre recién llegado del mundo,
con sus canas tías que hablan
en tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,
porque estánse en su casa. Así, qué gracia!
Y me han dolido los cuchillos
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el brocado que no brinda la
                                             MADRE,
hace golpe la dura deglución; el dulce,
hiel; aceite funéreo, el café.

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,
y el sírvete materno no sale de la
tumba,
la cocina a oscuras, la miseria de amor.


Este poema de Trilce nos presenta a un yo poético sumido en una atmósfera de soledad, producida esta por la ausencia del ser amado que ya no sirve el alimento ni brinda las atenciones en el hogar. Eso produce el sentimiento de orfandad y abandono del hablante lírico, pues la soledad que siente es ontológica y permanente aún en medio de la compañía de otras personas.

En la primera estrofa, el yo poético nos describe indirectamente su estado emocional: “He almorzado solo ahora”. Y esta soledad es producto de la ausencia de la madre en el hogar (“no he tenido/ madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua”), principalmente a la hora del almuerzo, pues quién más que ella para servir al hijo los alimentos urgentes. Según se puede observar en el tercer verso, la figura del padre pasa a un segundo plano respecto de la imagen sagrada de la madre, pero también es un motivo fuerte del desamparo del poeta. Asumiendo estas ausencias, diremos que la falta de la madre connota desprotección a nivel emotivo (falta de amor, seguridad, comprensión, ternura), y la ausencia del padre representa la falta de consejo en asuntos prácticos y cotidianos, pues es él quien representa el orden, la unión y el respeto dentro del hogar, así lo manifiestan los siguientes versos: “ni padre que, en el facundo ofertorio/ de los choclos, pregunte para su tardanza/ de imagen, por los broches mayores del sonido.” Sobre el padre recae la función de indagar por el destino de los hijos mayores que ya han partido del hogar. Martos y Villanueva (1989) ven, en la súplica materna y en el ritual sagrado de ofrendar choclos, un sentido religioso de comunión, que el poeta siente perdido (170).

La segunda estrofa describe la sensación de angustia que siente el poeta ante la mesa servida y un visible sentimiento de culpa, también, ante la posible traición a la memoria de la madre, pues era ella y no otra quien le servía los platos que habrían de alimentar el cuerpo y el espíritu del yo poético, y si esto era insuficiente, no dudaba un solo instante en ofrecerse de alimento (“Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir/ de tales platos distantes esas cosas,/ cuando habrase quebrado el propio hogar”). La expresión “platos distantes” podemos interpretarla como aquellos alimentos que no han sido preparados pensando en nosotros, tal vez los de cualquier restaurante o, como en este caso, los elaborados en casa de un amigo a cuya mesa accidentalmente hemos ido a parar. Hermosa metáfora para unos platos preparados sin el concurso de las dulces manos maternas. Ante esta situación, cómo sentir deseos de comer, si el hogar ya se ha quebrado debido a la ausencia de los padres y hermanos mayores, si ya no se está en la mesa de un hogar pueblerino donde el padre presidía el ritual de alimentarse en familia. Sin embargo, lo que determina todo es la ausencia de la madre: “cuando no asoma ni madre a los labios./ Cómo iba yo a almorzar nonada”.

En la tercera estrofa, el yo poético describe el ambiente que le ha traído a la mente la evocación del hogar y de la madre a la hora del almuerzo. Se encuentra almorzando en la casa de un amigo, donde es testigo de esa comunión llena de amor de un hogar “completo” a la hora de los alimentos, pues todos están presentes (“con su padre recién llegado del mundo”). Y, de cierta manera, envidia sanamente la unión familiar. De este modo, la tristeza se le acrecienta, pues él también solía disfrutar de esos buenos momentos en el hogar, en su hogar. El ambiente festivo que se vive en la casa del amigo contrasta con su estado anímico en esta expresión: “porque estánse en su casa. Así, qué gracia!”. Al respecto, Martos y Villanueva manifiestan que este ambiente contrasta con su definitivo desarraigo, debido a que podemos encontrar la antítesis de las escenas del almuerzo en casa del amigo, en oposición al desamparo en la que se halla el yo poético (1989, 170).


La ama de casa como alimento del yo poético en el poema XXXV

XXXV
El encuentro con la amada
tánto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y su verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.

Otro vaso, y me voy. Y nos marchamos,
ahora sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días
desgarrados! se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!


El presente poema detalla, a manera de crónica, el encuentro con la amada y las acciones domésticas que ella no tiene reparos en desempeñar para la tranquilidad y comodidad del yo poético. En la primera estrofa, el encuentro con la amada no pasa de ser un simple detalle, “casi un programa hípico en violado”. A parte de ser un asunto planificado, resulta interesante que este encuentro se compare con el anuncio de una carrera de caballos, en el que hay ganadores y perdedores, y donde el yo poético asume la conducta de los amantes como el encuentro de dos cuadrúpedos de pura sangre. Por demás, este encuentro no es parte de un programa breve, sino de muchas carreras con inciertos ganadores, programa “que de tan largo no se puede doblar bien”. Es decir, se trataría de una relación pecaminosa que, pese a los esfuerzos, no puede ocultarse.

Al inicio de la segunda estrofa se describe la abnegación con que la mujer atiende al yo poético. La amada sirve los platos con ternura, viandas que no resultan esporádicas en el tiempo, pues “se repite ahora,/ pero con algo más de mostaza”, como humorísticamente refiere. Luego se ocupa de la figura galante del tenedor, con quien comparte la vergüenza de comer sin tener dinero (“y su verecundia/ de a centavito, por quítame allá esa paja”). En la parte final de esta estrofa la amada se brinda como alimento para saciar el hambre y la sed (¿sexual?) del yo poético, pues la relación entre la bebida embriagante de la cerveza y los breves pezones de la mujer (referencia edípica del incesto), refieren un acto erótico nutricio, planificado, sin excesos: “Y la cerveza lírica y nerviosa/ a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,/ y que no se debe tomar mucho”.

En la tercera estrofa, el yo poético se refiere vagamente a los demás encantos de la mesa que la mujer amada, presentada como alguien en campaña matrimonial (“núbil”), se esfuerza en bordar “con sus propias baterías germinales” y con “las diez varillas mágicas/ de sus dedos pancreáticos”, una seductora red para atraer al ser amado. Y su principal  arma de seducción viene a ser su pericia en las actividades del hogar, pues en lo que va de la lectura, la mujer amada ha servido la mesa, ha bordado, lavado, planchado, corrido las cortinas, etc. Los “dedos pancreáticos” pueden entenderse como aquellos que, de manera calculadora, atraen y controlan a su vez la dulzura del yo poético; es decir, sus ansias, sus anhelos, sus pasiones.

En la cuarta estrofa la mujer vive el momento “sin pensar en nada más allá”. Se hace alusión al “mirlo”, quien ahora acompaña al yo poético. Ambos reciben las palabras tiernas de la amada, las que son comparadas con el posible alimento del ave, o como el elemento principal de una ensalada que ayudaría a la digestión, pues son “como lancinantes lechugas recién cortadas”. Aquí aparece la figura de la mujer amada otra vez como alimento: todo lo que tenga que ver con ella es comparada con elementos comestibles.[8]

En la breve quinta estrofa, el yo poético ensaya una despedida (“otro vaso y me voy”), pero es la despedida de un sujeto que tiene que cumplir labores de sobrevivencia (“ahora así, a trabajar”). A pesar de que el sujeto anuncia actividades propias de la modernidad, todavía tiene la oportunidad de almorzar junto a la mujer amada y regresar al trabajo.

Ante la despedida del yo poético quien, después de ser bien atendido de manera doméstica tiene que regresar al trabajo, la mujer amada se interna otra vez en sus labores de ama de casa, descorre los “cortinajes”, “se sienta a la orilla/ de una costura” y cose con la “aguja de mis días desgarrados el botón de esa camisa,/ que se ha vuelto a caer”. La acción de coser no solo tiene que ver con la restauración de atavíos para cubrir el cuerpo. La amada sabe que esta acción puede unirlos espiritualmente (“a coserme el costado a su costado”). Se crea un fuerte vínculo, ya que en la mujer que desempeña las funciones de cuidado del hogar y de atención a la pareja, siempre está presente la figura de la madre. Por lo tanto, nos llevaría a concluir que las acciones domésticas desempeñadas por la mujer, sea madre o pareja, están destinadas a rescatar la esencia del hombre, pues no se quedan solamente en acciones hogareñas cotidianas. Esto lleva a sublimizar la figura de la persona que realiza con dedicación y cuidado estas tareas, la figura de la mujer, la esencia materna.


Referencias

Avellaneda, P. (1998). La vida íntima en las obras de César Vallejo. Perú. Recuperado el 6 de Junio del 2013, de http://www.csun.edu/inverso/Issues/Issue%2014/La%2 0vida%20%C3%ADntima%20en%20las%20obras%20de%20C%C3%A9sar%20Vallejo.pdf

Fernández, C. (2009) “El sujeto migrante en la poesía de César Vallejo. Primera aproximación”. En: Raído, Dourados, MS. V.3 N° 5, junio 2009, 17-28.


Martos, M. y Villanueva, E. (1989). Las palabras de Trilce. Lima: Seglusa Editores.

Soní, A. (2009). La figura de la madre en la poética vallejiana de Trilce. En: Nueva época. Año 22, n.° 60, mayo – agosto 2009, 167-187.

Vallejo, C. (2010). Obra poética. Lima: Ediciones Peisa.


[1] Si bien “Idilio muerto” no pertenece a Trilce, hemos creído conveniente realizar una lectura como punto de partida de nuestro trabajo, pues ya en este poema de Los heraldos negros se presenta la sublimación de la mujer al realizar las funciones típicas de toda ama de casa.

[2] Para este y otros poemas de Vallejo que vamos a citar en el presente trabajo, hemos recurrido a la edición de VALLEJO, C. (2010). Obra poética. Lima: Ediciones Peisa.

[3] Para una información más completa, leer el ensayo de Miguel Ángel Huamán: “Lectura pragmática de Vallejo”, disponible en http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibvirtualdata/libros/literatura/lect_teoria_lit_ii/lectura.pdf.

[4] Y esto hace, según Huamán, que “Los poemas de Vallejo logren en el lector un efecto concreto: hacerlo participar, hacerlo cómplice de la acción verbal que los enunciados realizan, obligándolo a abandonar su posición de espectador e incorporando apelativamente su participación, integrándolo a la significación pragmática de los mismos.” (Huamán, s.f., 190).

[5] La RAE lo define como “aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues y de varios matices”.

[6] Para una lectura más cabal del texto, consúltese el libro Las palabras de Trilce, de Marco Martos y Elsa Villanueva.

[7] Rol del ama de casa, precisamos nosotros, pues tiene que ver con lavar y planchar.

[8] Para Martos y Villanueva, en la tercera y cuarta estrofas (23 – 28), se presentan “lo mejor del espíritu amoroso de Vallejo: el elogio de la mujer que trabaja. La muchacha, mientras labora, no descuida a su invitado de confianza, a su amante, y de pronto suelta el mirlo y se pone a conversarle.” (1989, 195)