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Wednesday, July 05, 2023

Poéticas de Ángel Gavidia Ruiz: soledad, transculturación y migración

Hace algunos meses coincidí con el poeta Ángel Gavidia Ruiz en el puesto de periódicos de mi padre en el centro histórico de Trujillo. Después del saludo respectivo, tuvo la gentileza de obsequiarme sus dos últimas publicaciones. En ese momento no me fijé muy bien en los títulos, pero luego pensé con detenimiento en su denominación: Toda su poesía y Todos sus cuentos. Entonces me asaltaron algunos cuestionamientos: ¿Por qué el doctor Gavidia ha titulado de ese modo a sus últimas publicaciones? ¿Acaso alguna grave enfermedad está mermando la salud del vate y con estos títulos intenta comunicárnoslo de manera indirecta? ¿O tal vez con estos libros ha decidido colgar los guantes de la literatura y dedicarse por entero a su profesión? El poeta Gavidia, el día de su presentación en la VI Feria del Libro de San Borja, me dijo que acontecía exactamente al revés, que faltaba poco para que colgara batas, estetoscopios y escalpelos, pues pensaba dedicar el tiempo de su jubilación por entero al cultivo de la literatura. Entonces comprendí que un poeta verdadero nunca tira la toalla, un artista de la palabra jamás se jubila. Por lo tanto, Toda su poesía y Todos sus cuentos están lejos de pertenecer a sus obras completas, pues el doctor Ángel, aún con la figura enhiesta de un roble, demuestra estar lejos de todos los recodos y vencimientos de la existencia.


Médico cirujano para las dolencias del cuerpo y orfebre de la palabra para las inquietudes del espíritu, no se puede hablar de poesía liberteña sin detenerse en la propuesta original de Ángel Gavidia. Su producción poética y su narrativa se encuentran ligadas a esa preocupación constante del trabajo comprometido con la palabra. En la producción literaria de Gavidia muchas veces se anulan las fronteras del género. En una obra caracterizada por la brevedad, su poesía se encuentra cargada de la experiencia y sabiduría propias de sus relatos y, por su parte, su trabajo narrativo se ve alimentado constantemente por la intensidad lírica de sus mejores versos. Acerca de la brevedad en su obra, Gavidia llegó a comparar su labor de creador con el de un corredor de cien metros planos, pues se trata del tipo de atleta que llega lo más pronto posible a la meta, aún oxigenado y de pie, sin perderse en los vericuetos del barroquismo y del efluvio verbal innecesario. Según Gonzalo Espino (2013), “la escritura de Gavidia pelea contra la pereza, contra el facilismo y se impone la exigencia de hablar con tono renovador” (p. 21).


En este texto me ocuparé, humildemente, de Toda su poesía. Este libro, publicado por Hipocampo Editores en el año 2013, se encuentra conformado por los siguientes poemarios “La soledad y otros paisajes” (1987), “Poemas encontrados” (1996), “Arando en el mar” (1996), “Los caballos del retorno” (1996), “Un gallinazo volando en la penumbra” (1996), “Libreta de apuntes” (1996), “Fuera de valija” (2008), “El centro de la tierra” (2011) y “Otros poemas”.


Es frecuente que después de leer un poema nos cuestionemos por los alcances del mundo representado en sus versos. Esto ocurre a tal punto que nos preguntamos de qué trata o cuál es el argumento que desarrolla el texto. Aquí estamos ante un conflicto de género, pues es conocido que el poema no desarrolla el acontecimiento, sino que lo sugiere, lo insinúa en imágenes, lo sintetiza. No obstante, hemos tenido poetas que han cultivado lo que Camilo Fernández Cozman llamó el poema argumentativo o lo que Víctor Vich propuso como poema del acontecimiento (tenemos los casos de Washington Delgado y César Vallejo, respectivamente). En este sentido, la poesía de Gavidia no argumenta ni desarrolla; sus versos, a través de imágenes sublimes y poderosas, sugieren y canalizan la emoción. En su poesía coinciden la emoción más inquietante y la palabra descarnada en su simpleza, además de breve. 


Respecto de los tópicos que aborda, la poesía de Gavidia muestra hondas preocupaciones por el devenir de la existencia humana. Parafraseando a Publio Terencio, podemos decir que al poeta Gavidia, como hombre de natural filiación, nada de lo humano le es ajeno. Sus versos se caracterizan, además de la brevedad, por la marcada soledad que envuelve el discurso del yo poético, una soledad añorada, asociada a los elementos tranquilos del mundo rural: “Luego de ti/ y de la bulliciosa población que te habita/ torno a la soledad/ como alguien que regresa a su querencia (p. 33)”. La soledad, entonces, se constituye en un elemento principal de la poesía de Gavidia, soledad alimentada por el desconcierto propio del yo poético inmerso en un proceso de engañosa transculturación, producto esta de la migración del campo a la ciudad (“Como oveja extraviada de un rebaño que ignoro” - p. 39). Esto lo podemos notar en los elementos interculturales que presentan sus versos: “La soledad semeja/ un buen asno/ que trota/ parajes donde el hombre/ pastara desde niño/ su dolida mitad”.


Otro elemento importante en la poesía de Gavidia, casi a nivel de personaje, es la ciudad. La sección “Poemas encontrados” presenta una poética de los espacios novedosos, fríos y desconcertantes ubicados dentro de la urbe. Es en el reducido estómago de concreto de la ciudad donde el autor va encontrando poemas que construyen y determinan su sensibilidad. Por ejemplo, en el “Poema encontrado en la banca de una plaza cualquiera” se expresa lo siguiente:


Mi libertad:

la piel de cemento de las calles,

los restaurantes con piso de aserrín,

los mercados, 

la fruta prohibida, 

los letreros que dicen: no hay trabajo, 

los días que desfilan untándome de nada,

mis zapatos,

el último trago de mal ron,

la soledad

     o la angustia como sucesión de gusanos escalándome,

nuevamente el mal ron,

y más allá

los locos que se fueron

abriéndole un forado a esta libertad (p. 59).


En este poema encontramos a un yo poético desencantado de la urbe, tal vez a un migrante que no encuentra en la ciudad el acceso a la prometida modernidad, al goce de los derechos de la ciudadanía como contar con un simple puesto de trabajo. La urbe es descrita como una prisión de cemento; entonces el licor y la locura se constituyen en rápidas vías de escape, en falso alivio para la dolorosa existencia. En consecuencia, hasta aquí podemos afirmar que en Toda la poesía de Ángel Gavidia se añora lo rural, y se consolida lo bucólico como una realidad construida a partir del desencanto de la ciudad: “Aquellos años,/ como un tordo extraviado/ entre los guabos./ Y mi mirada,/ agrio añil/ o caballo despeñado/ náufrago y salvo entre tus aguas” (p.75)


Es importante tomar en cuenta el significativo bestiario que contiene la obra poética de Ángel Gavidia; en sus versos encontramos asnos, caballos, ovejas, grillos, lobos, luciérnagas, perros, gallinazos, yeguas, venados, gallos, murciélagos, cisnes, cucarachas, langostas, pájaros, tigres, hormigas, camellos etc.  Elementos que sin duda merecen ser tomados en cuenta a partir de la interrelación que el poeta establece con ellos en espacios determinados, y de los cuales prometemos ocuparnos en un ensayo posterior.


Finalmente, la poesía de Gavidia cuenta con dos herramientas fundamentales y necesarias para que los versos pergeñados por alguien se constituyan en verdadera poesía: la sinceridad de la vivencia, la musicalidad del lenguaje y el poder enunciador de la imagen para sugerir representaciones oníricas o reales cargadas de emoción y sensibilidad. Esto lo podemos notar en su poesía erótica, la cual también forma parte de este libro. En el poema nueve de “Al centro de la tierra” (2011), el poeta dice:


La impostergable cita,

la temida y amada,

la soñada;

allí,

donde vive la cosquilla de Dios/ como una reina

entre largas colinas,

en húmedos ramales,

en la gruta

donde se sobresalta

el tiempo

        el mundo

                  el bien

                          el mal,

el intrépido salmón llega agitado,

olvida el largo viaje,

desoye a sus heridas,

se zambulle,

se solaza,

se estremece,

lanza su blanco canto

y luego muere

cumpliendo a plenitud con su destino.


En conclusión, en Toda su poesía encontramos la vital importancia del universo andino, del mundo rural, del orbe, de los seres que pueblan los campos y las ciudades. También poemas cargados de erotismo, amor, desamor y desolación. Toda la poesía de Ángel Gavidia es un cóctel de emociones hermosas, apaciguadoras, pero también inquietantes para el espíritu. Quienes se sumerjan en la lectura mágica de estos poemas podrán acceder a una variedad de emociones representadas por elementos cotidianos, tanto rurales, urbanos y hasta oníricos. En resumidas cuentas, tal como lo dice el poeta Alberto Alarcón en el comentario de contratapa, estamos ante “poesía de alta tensión, de fuego abrupto, pero también de sosiego, égloga y silencio”. 


César Olivares Acate



(Ángel Gavidia Ruiz)


Referencias


Gavidia, A. (2013). Toda su poesía. Hipocampo Editores.



 

Saturday, August 22, 2020

La novela de la prisión

 La novela de la prisión (primer acercamiento)


La novela de la prisión es aquella producción narrativa que direcciona sus recursos estilísticos y temáticos en retratar el universo carcelario. La cárcel, dentro de la narrativa peruana, mayormente se presenta vinculada al testimonio político. Para realizar un estudio de la literatura carcelaria se debe tener en cuenta el espacio en el que fue concebida la obra, pues al tratarse de una prisión, su proceso de creación se encuentra contextualizado por un ámbito marginal y periférico, excluido del centro conservador y civilizado[1]. Por lo tanto, constituye un espacio prohibido y desautorizado para la elaboración de discursos oficiales, pero no incapaz de ser representado en la diégesis ficcional de un texto narrativo. Esta información es importante, pues nos sitúa en los lugares en los que se produce este tipo de literatura, los mismos que pueden ubicarse tanto al interior (in situ) como al exterior de la prisión (ex situ). Sin embargo, también existen textos creados entre el adentro y el afuera de la zona de reclusión. Estos presentan diferencias marcadas. Según Casado (2016), cuando la escritura se produce dentro de la prisión, esta regularmente procede de un acto impulsivo, delirante y furioso; en cambio, cuando el proceso creativo se produce fuera del espacio carcelario, esta se torna un acto exorcizador y curativo (46).

Por otro lado, resulta importante precisar que la literatura gestada al interior de la prisión forma parte de un campo marginal y clandestino, en el cual el autor toma y valora todos los elementos que le permitan desarrollar su escritura (cartones, servilletas, papel higiénico, sábanas, etc.), urgido por transmitir un mensaje. Por otro lado, la escritura desarrollada fuera del espacio carcelario tiende a convertirse en una escritura testimonial, con ánimos reivindicativos y de denuncia, que busca perennizar un mensaje para las demás generaciones.

A nivel latinoamericano, la novela de la prisión cuenta con una rica tradición en obras y cultores. Una de las primeras novelas del siglo XX que se ocupó del tema carcelario es Puros hombres (1938), del poeta y narrador venezolano Antonio Arráiz. Otro texto importante que sigue la misma tradición es Hombres sin mujer (1938), del novelista cubano Carlos Montenegro. El narrador ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco desarrolla la misma problemática en su novela Hombres sin tiempo (1941). Los narradores chilenos María Carolina Geel y Volodia Teitelboim mostraron toda la crudeza de su reclusión en sus testimonios Cárcel de mujeres (1956) y La semilla en la arena (1957), respectivamente. Una obra importante de la literatura mexicana que se configura dentro de esta tradición es El apando (1969), novela que José Revueltas publicara desde la cárcel. Por otro lado, el costarricense José León Sánchez recrea el mundo de la prisión que le tocó vivir cuando fue condenado a cadena perpetua en La isla de los hombres solos (1969).

Resulta interesante afirmar que todos los autores citados en el párrafo anterior han sufrido de cárcel y persecución política en cada uno de sus países. En este sentido, la prisión se evidencia como experiencia necesaria que impulsa una creación testimonial que busca trascender el espacio carcelario. Por otro lado, demás está decir que las novelas mencionadas encuentran su génesis en las constantes dictaduras que asolaron al continente latinoamericano desde las primeras décadas del siglo XX. Por lo tanto, cabe afirmar que la prisión es tratada como la representación metafórica de un contexto histórico concreto, el cual puede ser rastreado a partir de los diferentes elementos enunciados en la realidad representada. 

En la literatura peruana no son muchas las novelas que abordan el horror de las cárceles visto desde adentro, es decir, narrado a manera de testimonio por los propios internos, quienes desempeñan los roles principales de los hechos que se cuentan. Un corpus importante para este tipo de novelística estaría conformado por Hombres y rejas (1937), de Juan Seoane; La prisión (1951), de Gustavo Valcárcel; El sexto (1961), de José María Arguedas; Los hijos del orden (1973), de Luis Urteaga Cabrera y Las cárceles del emperador (2002), de Jorge Espinoza Sánchez. Nuestro estudio buscará dialogar con el mundo representado de Hombres y rejas, La prisión y El sexto, pues, a parte de ser anteriores a Los hijos del orden (detalle valioso que nos permitirá rastrear alguna influencia en la concepción de la novela), desarrollan historias que no se apartan de la línea temática planteada por el texto de Urteaga Cabrera –pero con marcadas diferencias que luego se explicarán- y que se aproximan al espacio carcelario desde distintos lugares de enunciación.

La primera edición de Hombres y rejas (1937), de Juan Seoane, fue publicada en Chile por la editorial Ercilla, y cuenta con el prólogo de Ciro Alegría. Esta novela narra el encarcelamiento injusto y los duros tratos a los que son sometidos un grupo de presos políticos en una cárcel de Lima. Aunque no posee logros estéticos y estilísticos destacados, se trata de un valioso testimonio que sirve para conocer la realidad carcelaria a los que eran sometidos los presos políticos durante el gobierno de Luis Sánchez Cerro[2]. Si bien es cierto esta novela viene a ser un antecedente temático importante de Los hijos del orden, pues trata el mundo inhóspito de las prisiones, no parece tener mayor influencia en el mundo representado de la novela que estamos analizando. Al respecto, me propongo señalar dos ideas que sustentan mi punto de vista. Por un lado, Hombres y rejas narra el tormento de presos políticos que han sido encarcelados por ser peligrosos para la estabilidad de un régimen; entonces, a nivel de constitución de personajes estamos ante sujetos adultos que conocen sus derechos, por eso el trato que se les brinda difiere del que se les otorga a los presos comunes. La otra idea que es importante precisar es que, producto de este trato diferenciado, el preso político tiene derecho a pensar, reflexionar y evaluar su futuro, lejos de la desesperación, como quien sabe que tarde o temprano el sufrimiento terminará. En este sentido hasta se percibe una óptica positiva de la prisión:

 

Han pasado muchos meses y han sucedido muchas cosas. Se desglosan los días y a través de las rejas de nuestros calabozos seguimos leyendo el libro negro de la vida. Se fue el dolor y la inquietud se fue también. La sujeción de las rejas no doblega: educa. Frena la desesperación. Quince meses aislados en las celdas; sentir despeñarse los días cargados de sucesos. La angustia, algo a lo que debe parecerse la agonía, temblaba a veces en nosotros, y nunca pudimos salir al encuentro de una noticia, ni calmarnos en la precipitación de ir a buscar más lejos la verdad de cada acontecimiento. Todo ha tenido que esperarse con la paciencia encadenada a la celda. (1937:188)


A diferencia de lo señalado en el texto de Seoane, el mundo representado de Los hijos del orden brinda una realidad completamente distinta y desoladora. En primer lugar, no es un texto exclusivamente carcelario, pues desarrolla otros tópicos igualmente importantes. Las personas privadas de su libertad no son adultos, sino niños; no son letrados, sino analfabetos; no conocen sus derechos, y si los conocieran tampoco serviría de mucho, pues no tienen voz ni representación legal. En segundo lugar, estos niños y adolescentes también reflexionan acerca de su destino en la prisión, pero con la certeza de que solamente saldrán de allí muertos, debido al salvajismo -producto de las represiones- con que los tratan en el centro de rehabilitación.

En la novela La prisión (1951), Gustavo Valcárcel continúa con la línea del realismo político planteado por Seoane. El estilo de Valcárcel es más artístico y el manejo de los personajes es más logrado. Esta novela presenta la narración testimonial de su autor, recluido en prisión debido a razones políticas. A diferencia de la novela de Seoane, La prisión ya no se preocupa solamente por representar la realidad de los presos políticos y de denunciar a un determinado régimen, también extiende la comprensiva mirada hacia los demás pabellones en donde se encuentran los presos comunes, sumidos en un mundo violento y repugnante.[3]


En la madrugada, Froilán es asaltado por dos sombras en la escalera de caracol. Le amarran un trapo en la boca y lo arrastran hacia una de las celdas del primer piso. En el camino le van sacando el pantalón y palmeándole las nalgas. Se oye un ruido bucal que pugna por salir y... nada más. Antes de las seis de la mañana, Foilán arrastra su cuerpo, como un reptil, por la escalera de caracol y con dirección al tercer piso. Sus fundillos están rojos de sangre y húmedos de semen, los ojos nublados por el llanto, las manos arañadas por la lucha. Sólo musita: No lo creo-. Y el mundo sigue girando. (1951: 17)


A pesar de que se trata de una novela que temáticamente se encuentra en la misma línea que el libro de Seoane, la novela de Valcárcel posee elementos referenciales de abyección y perversión que lo acercan al mundo representado de Los hijos del orden, aunque no es antecedente directo de esta última. Una gran diferencia la constituye el tipo de prisión y la edad de los sujetos recluidos.

El Sexto (1961) es una novela de José María Arguedas que cuenta las duras experiencias de Gabriel, preso político y alter ego del autor, durante su encierro en la conocida cárcel limeña cuya denominación le da el título a la publicación. En esta novela, Arguedas narra su experiencia carcelaria sufrida en esta prisión entre 1937 y 1938. A pesar de ser un texto que también se enmarca dentro del realismo político, El Sexto se diferencia de las novelas anteriores por ocuparse de otros tópicos iguales o más importantes que el político. 

El Sexto fue una prisión edificada en tres pisos o niveles conectados entre sí, horizontalmente por puentes o pasadizos. Las celdas semejan nichos por su disposición vertical y por su apariencia a bóvedas de cementerio. Esta estructuración de la cárcel parece obedecer a criterios culturales y excluyentes, pues los denominados presos políticos se encuentran confinados en el tercer piso y conforme se va descendiendo de niveles se podría decir que también va descendiendo la “calidad” de los prisioneros (el segundo piso está destinado para los presos comunes y en el primer nivel se ubican los prisioneros de mayor peligrosidad, entre los que se encuentran homicidas, violadores y proxenetas). Gabriel, personaje principal de la novela, tiene libertad para transitar por los diferentes niveles de la prisión y conocer los distintos problemas que aquejan a otros reos. En tal sentido, puede narrar los horrores y abusos que ocurren en el primer piso, y cómo la corrupción de las autoridades penitenciarias terminan por permitir y generalizar el “reinado” de algunos crueles y sanguinarios cabecillas. 

La realidad representada en Los hijos del orden del orden de Luis Urteaga Cabrera le debe más a El sexto, de José María Arguedas, que a las dos novelas anteriores, pues trata tópicos como la migración, la prisión, la perversión y la abyección entre sus referentes principales. No obstante, la edad de los prisioneros en la obra de Urteaga (todos menores de edad) y el tipo de prisión que contiene los principales acontecimientos (se trata de un centro de rehabilitación), hacen de Los hijos del orden una novela insular dentro del panorama narrativo de la literatura peruana del siglo XX.

Por lo tanto, podemos concluir que el mundo carcelario representado en la novela Los hijos del orden la convierten en una novela insular dentro de la literatura peruana, debido a que no existe ninguna otra obra -hasta donde se ha investigado- que aborde el universo abyecto de la prisión reformatorio y el destino de sus protagonistas. Actualmente, en la narrativa del norte del país se vienen publicando novelas que recrean vivencias delictivas de menores de edad y que buscan insertarse en el mundo subjetivo de sus protagonistas. Una de ellas es la denominada Cachorro, del excelente narrador trujillano Charlie Becerra Romero, texto que, sin duda alguna, merecerá una lectura independiente.


Referencias bibliográficas

CASADO, Ana. Escritura entre rejas: literatura carcelaria cubana del siglo XX. Universidad Complutense de Madrid, 2016.

ABANTO, Luis. “Espacio carcelario y no-discurso del otro marginal en Los hijos del orden de Luis Urteaga Cabrera”, en: Intermezzo Tropical, n.° 3 (2005), pp. 51-58.

URTEAGA, Luis. Los hijos del orden. Lima, Mosca Azul Editores, 1973.



[1] Recuérdese que las cárceles fueron construidas en las afueras de la ciudad. Ahora, con el crecimiento demográfico y las necesidades de vivienda, las distintas prisiones han terminado de manera paradójica casi en el centro mismo de la urbe.

[2] Hombres y rejas es un texto importante de la narrativa política del Perú. Se trata de un testimonio del propio Seoane, condenado a muerte por ser opositor al régimen de Sánchez Cerro. Esta novela fue escrita en poco más de dos meses, que constituyen la fecha de prisión y sentencia de Juan Seoane hasta la  fecha en que se le conmutó la pena  y se lo echó del país.

[3] La narración de esta realidad es complementada de manera magistral por José María Arguedas en su novela El Sexto.

Saturday, October 19, 2019

Apuntes en torno a Hijo del desierto, de Miguel Arbildo

Me lo presentaron como el Gallo Giro aquella vez que visité Guadalupe gracias a la amable invitación del poeta Robert Jara. Recuerdo que llegó al bar donde nos encontrábamos y, a pesar de pertenecer a una religión que prohíbe ciertos placeres líquidos, hizo gala de una incipiente apostasía para empinar el codo un par de veces. Luego leyó algunos poemas de tintes costumbristas sobre un gallo de pelea y se marchó (de aquí la razón del apelativo). Durante mucho tiempo lo perdí de vista, hasta que tuve noticias suyas debido a algunos reconocimientos que iba cosechando su trabajo narrativo, lo cual tomé con agrado, pues dejaba entrever una labor disciplinada en el antiguo arte de contar.

Su nombre completo es Miguel Ángel Arbildo Ramírez, pero firma sus textos como Miguel Arbildo. Nació en Chiclayo hace cuarenta y tres años, aunque es guadalupano por adopción. Fue integrante del Grupo Literario Namul; es más, junto a Josué Vallejos logró una resolución de alcaldía (año 2006) en el que se reconocía oficialmente las labores literarias de este grupo de aedos. Arbildo coincide en señalar, al igual que Hemingway,  que las vivencias de la infancia son carburantes que alimentan la buena literatura (canibalización de la infancia, a todas luces). Ha publicado a manera de folletos El jilguero y otros cuentos (2011) y Cerrazón (2015). En febrero de este año dio a conocer, bajo el sello de Ornitorrinco Editores, su novela Hijo del desierto, de la cual nos ocuparemos valorativamente en estos apuntes.

Hijo del desierto es una novela corta o nouvelle, una narración que se ubica entre la novela y el cuento, carente del volumen de la primera, pero con mucho mayor descripción de conflictos y desenlaces que el segundo. El texto da cuenta de las vicisitudes de Fidencio Peña, un humilde poblador de Valle Seco, quien, cansado de la miseria y de los problemas constantes en su familia, un día se armó de valor y decidió partir de su arenal para colonizar otras arenas. Asumió que las discusiones con su mujer y las constantes enfermedades de su hija eran producto de la pobreza, así que esta breve migración significó para él una supuesta ruptura con el infortunio. Esta novela puede considerarse como un canto a las frustraciones de la existencia. Si bien el protagonista intenta de todo para revertir su destino, el desierto le impide salir de su vientre de tórridas arenas.

El mundo representado en la novela parece haber sido sacado de un universo onírico o pesadillesco, muy cercano a lo real maravilloso, categoría propuesta por Alejo Carpentier. Esta categoría plantea la existencia de eventos extraordinarios, buenos o malos, a partir de elementos que forman parte de la cotidianidad. Hijo del desierto tiene mucho de esta perspectiva, pues hace que parezca natural lo que a todas luces resulta extraordinario o insufrible. Esto ocurre, por ejemplo, en los sucesos hiperbólicos que dan cuenta del trabajo incesante de Fidencio en un humilde aserradero, cuando sostiene una titánica gresca con un teniente del ejército o cuando su moribunda hija sana milagrosamente, en pleno acto de migración, gracias al sol inclemente del desierto. 

La historia que relata la novela es lineal y no presenta mayores artificios argumentales. Sin embargo, lo que impide que sea una historia más sobre elementos costumbristas o geográficos, es el acertado empleo del lenguaje. Este pasa de ser un simple medio de representación a convertirse en un poderoso elemento de recreación, es decir, se convierte en otro personaje principal de la obra. Esto le permite al autor enunciar los espacios y la naturaleza de las acciones a partir de la propia conciencia del narrador. Por eso el mundo representado parece tener límites borrosos, propios del sueño. Miguel Arbildo ha logrado configurar un lenguaje poético de gran factura, conveniente en todo momento a las intenciones de su narración. Es el lenguaje de la desesperanza; el lector no puede dejar de angustiarse con las emociones que recrea. Esto ocurre en el siguiente monólogo de Fidencio, cuando no sabe si su hija, que descansa en sus brazos, se encuentra muerta o dormida: 

“Pero en el borroso camino, vi que mi hija cargada en mis brazos parecía no respirar. Quien sabe se había desvanecido bajo el peso del calor. El coraje se me vino al suelo y tuve enseguida que recogerlo para chantármelo a la mala. Luego pensé, escondiendo mi mala sospecha: mi hija solo está dormidita, es eso” (p. 17). 

Según el comentario de contratapa del libro, “el habla rústica y coloquial del lugareño es elevada a un nivel artístico”. Me parece que esto ocurre con todas las buenas historias, pero en el libro de Arbildo hay algo más: el narrador le configura un lenguaje angustiante, preciso para la extensión del texto. Un reto para el autor consiste ahora en evaluar si este lenguaje poético, personal e íntimo, propio de universos cerrados y breves, puede servir para orquestar una historia más extensa. En todo caso, según lo pudimos comprobar, la narración corta le queda bien.

En síntesis, este es un buen primer libro que sorprende por sus muchos aciertos. Arbildo se encuentra muy cerca de construir un estilo personalísimo. Y eso constituye un sello de indeleble originalidad. En otras palabras, Hijo del desierto no hace sino confirmar el excelente estado de salud por el que atraviesa la prosa liberteña. Salud por eso.

César Olivares Acate


Friday, June 21, 2019

Poemario


  Canción de sombra

César Olivares Acate

  
 El guitarrista - Oswaldo Guayasamin


Trujillo, junio de 2001


Te ofrezco la amargura de un hombre
que ha observado largamente la luna solitaria.

Jorge Luis Borges

Sé que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.

César Vallejo


1

Cansado de Ser silencio
y de ver caer el tiempo con su esqueleto de hojas
envejecidas
el abuelo ha llegado lento como un reloj
y ha estropeado las horas incólumes del otoño
espantando pájaros y ladridos
piedras niños tempestades
en una ciudad tan lluvia y sin memoria
Y es aquí cuando parece decirme
(con su voz de vino y de pasado)
que está demás despellejar el tiempo
con sus tardes
que nadie puede vivir lamiendo los recuerdos
sin ponerle una pizca de mentira a las edades
Tan cierto y tan real como una historia salida
de su boca
el abuelo ha escapado de los inviernos
(en silencio)
y ha regresado a casa
con el cielo derribado a sus espaldas




2

Pero recordar al abuelo no es recordar
sus calcetines rotos secándose en la tarde
                  (solamente)

Recordar al abuelo es contemplar las calles
con sus bares y mendigos
                    (el murmullo de sus pasos
               ha roto los vidrios de la noche)

Es adoptar una posición definitiva frente
al paso de las aves
    (es el abuelo que ha venido de muy lejos
                 trayendo en sus zapatos
                la muerte de los caminos)

Es en fin mirar el reloj y entender con tristeza
que todo tiempo es corto para envejecer tranquilo
                        (y es su decisión
         permanecer en la memoria de la abuela
                 como un árbol envejecido).



3

ABUELO:

Te quedaba quizá el recuerdo de los campos
incrustado en las paredes
La voz vacía de un hombre asomado a la ventana
Te quedaba quizá la ilusión de sembrar
una flor sobre el asfalto
y la esperanza vana de hablar con el invierno
Pero fueron tus ojos los que anochecieron
y la abuela fue una estrella
y mamá también fue una estrella
y todas las cosas fueron estrellas

(Las mismas estrellas que en noches póstumas
la abuela barrió
tratando de dejar un cielo limpio a tu recuerdo).




4

Ahora entiendo las lámparas encendidas como
hogueras domésticas (en la noche)
la tarde reposando como un animal por extinguirse
Ahora entiendo la fatiga de los relojes
y la luz dormida como agua sobre tus ojos
Si cuando reías lunas quebradas salían de tu boca
si cuando me hablabas mamá decía
que tu voz nunca había poblado las ventanas
porque tú te habías ido con el invierno
porque un retrato jamás habla a un hombre.




5

A veces subo hasta su rostro para respirar el cielo
el cielo es un gran pez alejado de la ciudad dormida
pues dormida estaba su memoria cuando cayó la noche
noche lenta que se enredó en el aire
para formar una palabra oscura y en silencio.




6


Solía decirme:
“No dejes las palabras regadas por el suelo
alguien podría resultar herido”

Entonces yo solía mirarlo
como se mira un árbol en invierno
y su voz era un geranio volando
un pez volando una gaviota volando

un rostro vuelto hacia la sombra dormida
                                           y volando     
                                           (también)
                                                   .


  
7

Ah   mi abuelo / si entendieras que la vida
es más que encender un cigarrillo
y contar historias al pie de la ventana
hoy no estarías hiriendo la tarde en tu retrato
y tu voz seguiría golpeando las paredes de la casa
quizá la guitarra colgada en el zaguán
o la paloma sin alas que da brincos sobre el día
traten de informar tu naufragio en un redoble
silenciado                                                  
Tal vez la noche o un trapo de sombra sucia
que limpia tu nombre en la ventana
sea el indicio definitivo para morirte lentamente
pero tus pies descalzos siguieron el camino

Y tu sombra fue un poncho de palabras claras
en espera de la lluvia.




8

Aparte de estos días otros fueron los inviernos
que fulminaron los caminos
hubo antorchas encendidas detrás de cada hoguera
y hubo cenizas inventadas al final de los abismos                         
Pero la noche hacía su aparición inevitable entre las patas
de una mesa
y fue el abuelo expandiendo su voz de grito en grito
cuando después de hablar con los árboles
el silencio encontraba su boca cerrada para siempre
No hay manzanas ni sombras amarradas a su cuerpo
solo restos de muerte cayendo de los árboles
solo muerte y más muerte
preñando para siempre el sueño de las piedras
porque después de todo el abuelo ha preferido estarse
en casa
y de su ausencia no ha quedado más
que una canción oscura
y el apuro de las flores por escapar de su recuerdo.